miércoles, 26 de diciembre de 2007

RESPUESTA XXI

El aire frío pega en el rostro; los cinco grados centígrados no me detienen para recorrer entre las calles del centro. Mientras camino, observo la majestuosidad de los edificios, viejos testigos que me cuentan los casi 300 años de historia. Las fachadas barrocas me dicen que ahí habitaron los españoles, así como un país decidió tomar las riendas de su destino. Las profundidades de lo que antes fuera el correo postal, me susurran que ahí estuvo el Padre de la Patria encarcelado.

Puertas enormes me dejan penetrar al pasado, paredes anchas decoradas de murales que nos hacen la crónica de la historia; estatuas de personajes ilustres, como el Benemérito de las Américas o el Centauro del Norte, nos dicen que en esta ciudad dejaron huella.

Sin nada de preocupaciones, observo a las personas que corren de un lado a otro, llenan las tiendas y se arrebatan las prendas, mientras camino por la calle Libertad, ¡ah! palabra que he aprendido a vivir y no sólo a decirla; veo los faroles, como fieles guardianes erguidos, pues a la luz del día no son necesarios que nos iluminen el camino. Es inevitable escuchar de fondo canciones de los años ochentas, ahora con el ritmo duranguense, mientras la gente camina sin ningún cuidado con bolsas y bolsitas en las manos.

Los pocos cerros me ubican en la geografía citadina, el color rojo de la tierra y las rocas, llenan mis ojos de alegría. He vuelto al centro de mi vida, a la tierra donde mi madre nació y dejó hace muchos años; he vuelto a encontrarme con los lazos que nos mantienen unidos a nuestro pasado.

martes, 18 de diciembre de 2007

Entrega XXI

Con el atardecer a mis espaldas manejo por las calles de un paseo cerca del mar: Brisa, Cantil, Gruta, Cueva, Lluvia; calles que he recorrido infinidad de veces de tarde, de madrugada, contigo a mi lado. Busco el eco de cuando cantabas mi nombre esdrújulo por esos laberintos, por esa “ciudad sin sur”. En el silencio del viento escucho como susurro nuestro sound track, canciones de luna, las del desierto: shinning star, wonderful tonight, you make me feel brand new, stay, y la Janis y el John Lennon; los atardeceres frente al mar y los guitarreos santaneros.

Cada calle tiene nuestros pasos pintados, han visto el amor reflejado en nuestros ojos, lo hemos cantado por valles, mares azules, infinitamente transparentes y cálidos, pueblos, ciudades interminables con grandes edificios que entretejen las historias de cachos de rostros, de paisajes, de susurros.

Recorro mentalmente nuestros paseos por la ciudad y el graznido de los cuervos y el zureo de las palomas me acompañan, mientras tanto el tiempo se apresura a vivir sus últimas horas.

En esta ciudad hemos hecho nuestros muchos rincones, lugares preferidos y con mucho significado, palabras claves, juegos: La esquina rosada inicio de muchos viajes, la sombra eterna y el resguardo de los pinos enormes y espejos de agua, los viernes de confesiones en las colinas de la ciudad, las lunas de octubre, promesas de ópalo, el vino tinto, los anillos de turquesa y el power del corazón, mi paraíso de paredes blancas y el olor a gardenias, las eternas horas de junio, los cumpleaños en el desierto y la escena de la dama y el vagabundo, un cocinero italiano y un mesero español y una celebración con violines; las cenas deliciosas a la luz de la luna casi llena, los cidís imposibles y la sorpresa en tus ojos.

Hemos inventado nuestros mapas, sobrevivido a tormentas y la inclemencia de truenos, de huracanes; nos hemos resguardado a la sombra de flores, de palabras bonitas, besos largos, abrazos calientitos, miradas serenas y el amor que toda la ciudad conoce.

Regreso al valle con la luna recién aparecida y una sonrisa en mis labios y mis ojos brillantes, pensando que contigo el amor ha tenido un sabor simplemente delicioso, como tarde de verano.

miércoles, 12 de diciembre de 2007

RESPUESTA XX

Camino sin rumbo, lo importante es capturar el calor que todos los días nos regala el sol, pero en estos tiempos, donde la calidez del verano se ha ido, apenas los rayos nos tocan con las puntitas.

Camino para no olvidarme que sobre ti puedo encontrarme… encontrarme en el rostro de los demás, en la angustia que reflejan porque faltan cinco para la hora, y el frío es inclemente, así que es mejor guardar las manos entre los costados.

Te camino porque desde tu suelo recibo la energía universal, esa que nos conecta o nos separa, según se desee... yo me conecto contigo, con la ciudad que me ha dado de comer y me ha dejado echar raíces, como una madre generosa y bondadosa, y que ha recibido a mi retoño como su propio hijo.

Disfruto poner mis pies firmes sobre la tierra, el asfalto, las piedras, los charcos que han quedado después del diluvio, y porque no dejo de sorprenderme cómo todos los días, aunque las personas estén a la misma hora esperando el transporte que los llevará a su destino (tal vez forzado, tal vez voluntario), siempre lucen diferentes. Sus brillos en los ojos me dicen mucho, me dicen cómo los has recibido.

Estoy a punto de cumplir un año más de recorrerte, a veces consciente y otras no, y no dejo de sentirte tan mía como los nacidos aquí. Eres mía ciudad. Eres mía.

domingo, 9 de diciembre de 2007

Entrega XX

Cae la tarde y el cielo gris y el mar lejano me esperan. Luna Creciente. Pensé que sólo mi ciudad estaba melancólica, al otro lado otro país griseando.

Llovía a cántaros el desamor, la desesperanza, el miedo, la distancia, fue necesario volar para dejar todo atrás, dejar noviembre y perderme entre nubes.

Quiero contarte esas ciudades que caminé, que respiré, que viví. La primera que me recibió tiene grandes y coloridas calles, un tren a medio cielo y edificios majestuosos de caprichosas formas. Cerros que te saludan desde lejos con un sombrero de bruma. Ciudad interminable con grutas y cascadas, edificios históricos, grandes plazas, paseos “venecianos” acompañados de música y la luna despidiéndose.

Cada piedra, cada edificio, cada cerro, las propias calles tienen un rumor distinto, el viento canta diferente y los paisajes son cambiantes como cada estación del tren. Fábricas que son el sustento, la manera de vivir, puentes que entrelazan historias de mañana y de tarde.

La otra ciudad por la que anduve es de calles angostas, con las fachadas de las casas al raz de las banquetas, como en los pueblos, tiene como límite entre otro país un río verde, profundo y traicionero. Piedras negras son las entrañas de la tierra. Ciudad que un día le llegó un viento arrebatado y se llevó toda una villa, sus casas, la iglesia.

El olor en las calles es de tortillas de harina recién hechecitas, recuerdo de mi infancia. De gente amable y cálida, sonrisas todo el día.

Quería encontrarte en la memoria de esas calles, disipar la bruma, buscando una receta para la buena realidad, mientras caminaba y pensaba en el regreso. Respiré tranquilidad y fui acumulando palabras para un libro nuevo, recuperando la voz, ensayando realidades nuevas, perfectamente delineadas e iluminadas. Las tormentas ya son recuerdos vagos, perdidos.

Quisiera encontrarte a la vuelta de la esquina, por esa frontera que alguna vez cruzaste hace muchos años; tenerte en el límite de mi piel, en este cuerpo mío que no te pide pasaportes, ni micas, ni credenciales.

miércoles, 21 de noviembre de 2007

RESPUESTA XIX

Abro los diarios y encuentro las noticias, en las que los escribanos gastan ríos de tinta roja para decirnos que somos malos. Los asaltos ya no son sólo de bolsos de mujeres o mochilas de estudiantes, han subido de rango y de mucho valor, y ocupan las primeras planas.

El hierro vuela sin pedir permiso a nadie, sin importar la hora y quien se atraviese en el camino que recorre cortando el aire, busca llegar a su objetivo: a quien debe quitar la vida en un santiamén, y a su paso, deja un hilo invisible de muerte, esas son las notas de cada día.

Los periódicos ya no me hablan de las personas que a diario viajan en camiones viejos que dejan a su paso un humo negro y asfixiante, como si fueran chimeneas destartaladas y ambulantes; del autobús que recorre la ciudad, decorado por montones de luces que trazan la figura rectangular, como si fuera vehículo de circo.

Tampoco me narran la historia de doña Juanita, quien por tener un diablito en su casa, se convirtió en el refugio instantáneo de las llamas del infierno, dejando sólo cenizas como recordatorio de la fragilidad de la vida; ni mucho menos de aquella dama que cruza los puentes peatonales, y no falta quien le dé un “llegue” en la nalga bien apretada por la mezclilla.

Estos periódicos se han olvidado de las miles y miles de almas que se levantan mucho antes que el sol asome la nariz en el Este, y apurados corren para subir al camión antes de que se despida rugiendo por los caminos trazados en la ciudad.

Ya nadie habla de nosotros, a menos que los desconocidos encapuchados, vestidos de “autoridad”, hayan robado la vida a alguien en nuestras narices, o que hayan tirado un paquetito en la basura, donde yace el cuerpo de algún desafortunado. La vida se ha olvidado de los comunes y corrientes que luchan día a día por ganarse el pan, los diarios y funcionarios están ocupados para nosotros, los que engrandecemos la ciudad.

domingo, 4 de noviembre de 2007

Entrega XIX

La ciudad se vuelve invisible como el silencio. Las calles desaparecen entre la bruma, no hay calidez en los ojos de la gente que las transita. Duelen las entrañas de la tierra.

Parques llenos de tristeza por las tardes, donde el deseo de la piel se ha esfumado, se ha caido junto con el otoño; palabras endurecidas como piedras y cargando el corazón en pedazos. Extraño el cobijo del verano. Juego con hojas secas para no hacerte saber que el corazón está herido, para disipar las lágrimas que me inundan toda por dentro.

El aire frío, presagio del invierno que viene a grandes pasos se sale por mis manos. Toda la piel partida. Te extiendo los brazos para que me des calor y desapareces, como si fueras un fantasma; las palabras no hacen eco, los deseos se aniquilan. Sigues acostado mirando al cielo, perdido. Umbral de dolor.

Respuesta XVIII

Después de las cenizas, ya te puedo ver: simple, clara, como siempre. Después de estar entre bruma y polvo, te percibo como invariablemente eres, dinámica y sin descanso.

Ciudad de altos cerros y profundos cañones, te recorro sobre ruedas de camiones públicos, veo los rostros todavía con las líneas de las cobijas pintadas sobre las mejillas; niños que no alcanzan a entender porqué se tienen que levantar a temprana hora; mujeres vestidas con su bata de la maquila, listas para llegar y registrar la entrada antes de las siete, para ganarse el bono de puntualidad.

Me pregunto si en nuestra vida llegamos puntuales a las personas, a las cosas, a los hechos. Si realmente vivimos lo que nos toca o es que llegamos antes o después… a veces se llega después, eso es definitivo. A ti he llegado demasiado tarde, y aún así, no me arrepiento, llegué en el momento en que debí llegar, ni modo, en el tiempo que la vida quiso que llegara. No hay más que hacer. A lo mejor alcanzo un bono de impuntualidad.

Sin embargo, tratamos de estar puntuales en el justo momento: en el trabajo, en la cita de amor, al llegar a nuestras casas, en la fiesta, no importa cuantos carros haya esperando fluir como sangre por las venas de concreto, lo importante es que estemos a tiempo.

Cada vez más tus caminos me parecen insoportables. Las construcciones de puentes y vías, alteran tu fisonomía, y aún así trato de llegar a la hora, al lugar donde alguien me espera.

domingo, 21 de octubre de 2007

Entrega XVIII


La luna creciente cae sobre la ciudad que se ha vestido de otoño, nubes salpicadas de gris y púrpura aparecen en el cielo. Ciudad de octubre, árboles que mudan las hojas o cambian de color, el rumor de la lluvia llega, olor a tierra mojada.

Te quiero contar la ciudad en su tercera estación: Las mariposas desaparecen por el frío, los jardines cambian de color, la nostalgia flota en el aire, las chimeneas empiezan a encenderse y entorno a ellas las reuniones interminables con los amigos, las risas, los acuerdos, los que hablan mucho, los que no hablan nada. Festivales interminables que celebrán el otoño y a las lunas más bellas; poesía erótica en las paredes. El infaltable tren desvelado que pasa por Las Joyas, puntual a la media noche. Vientos santaneros levantan el polvo de todo lo que se hace añejo, de todo lo que tiene que cambiar. Todo arde. Lluvia de cenizas.

Llegan nuevos habitantes como golondrinas, la ciudad se hace pequeña entre tanto carro, quisiera calles amplias como cada domingo.

En otoño llegó la luna llena a mi cuerpo, contigo a un lado, amaneciendo, despertando con música de viento en tu cuerpo. Luego nos despedimos con un beso largo y el sol reciente.

sábado, 6 de octubre de 2007

RESPUESTA XVII

Recorrerte es a veces extenuante; esperar 15 minutos plantada en una esquina a que un aerostar pintada de café con blanco, o un camión lento y ruidoso pase, me hace sentir un árbol pegado al suelo, con las raíces profundas, a punto de tirar la última hoja, en señal de que el gesto de la vida se pierde ahí parada…

No soy la única impaciente de ver el número infinito de vehículos delante del camión, que brinca a la menor provocación; la chica de a lado ve insistentemente la hora en el celular, contesta una llamada y explica que no tarda en llegar, aunque su arribo al lugar tarde más de 40 minutos en un tramo muy corto…

Es tal mi impaciencia de verte infectada por los vehículos y máquinas que construyen más vericuetos sobre tu rostro citadino, que decido bajar y caminar, aunque sé que el camión me alcanzará en el punto que quiero llegar, aun así, prefiero andar.

Hoy te recorrí por las diferentes rutas que hemos trazado con asfalto. Hoy vi los semblantes morenos y pálidos, donde la piel traza los huesos de rostros de mujeres, que sin opciones ni ayuda cargan a sus hijos, llenas de bolsas y pañaleras, recién salidas de la maquila, y me recordaste lo difícil que resultas, en ocasiones, vivirte y palparte.

Hoy subí y baje por cañones y cerros, tratando de orientarme para no perderme en las veredas; terminé agotada entre tanto transporte público y gente fusionada al volante. Que complicada resultas, y aún así no puedo dejar de sentirte mi ciudad. No reniego porque me has adoptado, como una madre que acepta a sus hijos sin condiciones.

viernes, 5 de octubre de 2007

Entrega XVII

Vuelvo a mi pedazo de tierra, al desierto que me vio nacer una madrugada de luna llena, a mi valle donde alguna vez hubo lagunas encantadas por el mar, y que ahora entre sus cicatrices sólo conserva sal.

Recorro a tu lado y con gran gusto el paisaje hacia mis orígenes: cuervos negreando el cielo, flores de toloache adornando el pavimento, nubes dibujadas y cerros morados que parecen dragones dormidos.

Me reciben majestuosas las rocas que cantan, que murmuran historias y que se cubren de un aire frío de otoño. Mis ojos sonríen. Llena de asombro descubro las maravillas de un cerro vigilante del tiempo y de las historias que el viento teje, una laguna a la que el Sol le dibuja agua cuando la toca, tolvaneras, dunas y árboles de humo.

A esta ciudad llegué una madrugada de octubre. Hilvano los recuerdos de la infancia: la calle donde vivía, mi casa rosa que era una fruta en cada estación; las fiestas del Sol; los interminables días en el parque; los veranos calurosos en las lagunas al lado de mi familia, mi traje de baño preferido; los inviernos crudos cuando íbamos a jugar en la nieve; las tortillas de harina; los raspados de ciruela y mi amigo de ojos azules; mi fiesta de cinco años, mi vestido y mis botas de charol. Imágenes nítidas en mis ojos.

Cada imagen es apenas una cicatriz, un punto en la configuración de la ciudad, huellas que el tiempo deja y que ahora la veo distinta: llena de puentes; se han secado las lagunas, ha crecido en tamaño y ha envejecido a pesar del maquillaje.

Regresé a mi ciudad para la fiesta de la luna, para reencontrarme entre sus calles, y entre los hilos del tiempo roto, con la ilusión de una noche de luna entre tus piernas, para encontrame con tus manos y tu piel de sol ardiente. Pasión en los ojos.

miércoles, 26 de septiembre de 2007

RESPUESTA XVI

El alma se tranquiliza al ver como manto de luz, una gran parte de ti, ciudad.

Desde lo alto observo las mañanas llenas de niebla, y un poco más arriba, un cielo azul que espera a que esas partículas húmedas se replieguen al mar; y por las noches, una sábana que brilla cuando el sol sucumbe al ocaso… las luces de las casas y comercios aparecen como si la Vía Láctea hubiera decidido vivir entre nosotros, entre tus calles, en tu vientre, y me regalara ese camino lleno de luz artificial.

Si el desconsuelo aflige mi corazón, sólo me basta observarte desde la ventana, para que esos brillos llenen el espíritu, y de sólo recordar quienes ya compartieron esa vista tuya, la alegría vuelve de nuevo, el ánimo se hace presente.

jueves, 20 de septiembre de 2007

Entrega XVI

La ciudad se vistió de desierto, se ha vuelto llamarada; el sol anda orondo cantando por las calles, mientras todo arde, el pavimento se derrite. No hay sombra suficiente para guarecerse de él. El calor incendia la realidad, los golpes de sol, los golpes del alma, del olvido, los del corazón deambulan por calles, callejones sin salida. Hasta las sombras se han ido. Silbamos a Barbas de oro, pedimos que salga la luna, que la noche nos envuelva y que regrese el aliento; pido lluvia para refrescar mi piel.

De noche la ciudad es una fiesta, empiezan a salir sus habitantes, aprovechan la tregua del fuego, del sopor. Las terrazas se vuelven grandes lugares para platicar, para bailar con la luna menguante vigilante.

Mientras tanto, yo me refresco en el verde de tus ojos, a los que vuelvo cada vez más. Son mi oasis en este desierto transitorio.

lunes, 10 de septiembre de 2007

RESPUESTA XV

Dicen que Dios aprieta pero no ahorca. El problema es cuando aprieta y aprieta y aprieta, dejando pasar un ligero hilo de aire sobre la garganta, nos hace sacar las lágrimas y nos recuerda que existe. Y aún así no doy mi brazo a torcer y le digo, con esa voz dolorosa que apenas sale de mi cuello, no me vencerás.

Ciudad loca y caótica, aconséjame cuando voy sobre tus venas de asfalto, y dime qué le digo a ese dios que no deja de apretar, dame la calma para hablarle y explicarle que hace muchos años ya no me importa lo que piensa de mi, que lo único que ha hecho es meter zancadillas.

Ciudad a la que me aferro, dile a ese ente que tú eres mi salvación, que tú me llevas por los caminos que debo recorrer, a los lugares que hay en ti, y que me enseñas que tienes mucho que ofrecerme.

Dile que me llevas por aquellos caminos que esperan ser vestidos de concreto y grava; que me das un suave masaje en los hombros a la orilla del mar; y que me aconsejas a través de los cantos de los pájaros que se amontonan en los árboles del parque.

Sí, aprieta y friega, pero ahí sigo… ahí seguimos, porque tú, ciudad de todos y de nadie, siempre tiendes la mano a quienes llegan a tus entrañas para refugiarse.

domingo, 26 de agosto de 2007

Entrega XV

Vuelvo a la ciudad después del diluvio que arrastró recuerdos, palabras dichas y promesas. Encuentro la ciudad aun con los muros mojados, sus calles encharcadas, las ventanas con gotas de lluvia dibujadas; ensayo a reinventarla, a verla como antes, a recrear el olor a gardenias, a fundirme en ella. Recojo la nostalgia.

Quiero redescubrir ese paisaje que dejé antes de irme, de huir; aunque me gustaría más colorido, más genuino. La realidad sigue empañada. Quiero recuperar la memoria de nuestros pasos recorriendo la ciudad; reencontrar tu rostro en cada calle, las risas perdidas; sacar poco a poco las fotos y los poemas guardados en el fondo del ropero; ponerme mi anillo de turquesa, conexión directa a tu corazón.

Espero que el paisaje del valle cambie su aridez, que se puedan cruzar los caminos, que cada destino que decida tomar sea cierto, que decidas llegar por la línea del tren a casa, que sea una ruta conocida y amada. No necesitarías brújula, sigue el sol cuando sale y por ahí entre pinos altos está mi corazón.

jueves, 9 de agosto de 2007

Respuesta XIV

Después de varios días, te vuelvo a palpar tranquila, descansada, pacífica, reconciliada con tus habitantes y conmigo, pero eso sí, llenísima de carteles bicolores, con imágenes de falsos políticos, que olvidaron que la política no es presentar la sonrisa en un poster. ¿Cuántas frases falsas se leen en estas imágenes? Muchas y todas.

Te recorro con tranquilidad y desbordo la felicidad qua hace tiempo no sentía, entro en cada una de las tiendas para ver las “chácharas” multicolores, lugares donde me divierto explorando los pasillos, jugando al laberinto con el pequeño que siempre me acompaña en esta aventura.

Aún así, después de observarte con calma, continúan deambulando hombres y mujeres hablando frenéticamente con ellos mismos, ataviados de manera extravagante, sucios y olvidados, todos pasando por un lado de ellos, para evitar cualquier roce. Ellos siguen ahí, sin entenderte, sin comprender porqué están en medio de las calles.

Esa es la cotidianidad de tus días, la ciudad que no descansa, que viene y va, y los que estamos dentro de ti, no paramos. Quiero seguir recorriéndote y encontrarme con tus secretos. Quiero verte como te vi ayer, alejada de las falsedades de los que se creen tus dueños.

miércoles, 25 de julio de 2007

Entrega XIV

La ciudad se ha vuelto en llamas, todo arde por encima de los edificios, por los callejones corre un olor a rancio, a soledad. Carretadas de mentiras recorren las calles, la tristeza repta.

Camino sin voz, casi sin rostro, recojo pedazos de quien fuera yo. La ciudad ha cambiado de color, las esquinas ya no son rosadas. Se ha esfumado el olor a gardenia en el aire. Las promesas rebotan en los muros.

El murmullo del mar ya no llega hasta el valle y el calor se hace insoportable, denso. Hoy más que nunca extraño la lluvia e imploro con los brazos abiertos y cansados una brisa, un rocío.

El amor se fue en avión a una playa. Terminaste por abandonar la ciudad que es mi corazón.

viernes, 20 de julio de 2007

RESPUESTA XIII


Las gaviotas son testigos de las personas que día a día rodean las orillas del mar o desahogan las penas recorriendo el largo malecón. Pasan sobre las cabezas con las alas muy abiertas, o caminan a una distancia prudente de alguien que pasiblemente disfruta de la tarde y siente la arena en sus pies.

Las gaviotas son el radar natural de los marineros al acercarse a tierra firme, son las que se amontonan para arrebatarse un pedazo de pescado, y son las que disfrutan de las tardes soleadas o de las mañanas llenas de suave brisa.

Estas aves blancas, que en alguna parte de su cuerpo pinta el color gris oscuro, fueron testigos de un abrazo largo, en el que una pareja permaneció un tiempo infinito, murmurándose un futuro que no era posible y que nunca llegó; fue una fusión en un solo cuerpo, en una sola sombra reflejada en las piedras del andador, tal vez sentimental de parte de ella, y tal vez rutinario de parte de él, sin embargo, permanecieron uno frente al otro, mientras ese aire fresco los envolvió.

Estas aves, pasaron volando sobre ellos, con ese canto que las caracteriza. Quisiera vivir una tarde así, frente al muelle, frente a frente tu y yo, unidos en un abrazo.

martes, 17 de julio de 2007

Entrega XIII

Quiero inventar otra ciudad por hoy, una que no tenga tantas cicatrices, donde las calles tejan enredaderas de sueños, que no tenga sabor a soledades añejas, que esconda sus fantasmas en lo más profundo de la tierra. Te hablo de la ciudad de cuando era niña, de cuando llegué aquí y dejé el desierto. De mi experiencia cuando fui a conocer estas playas, los toboganes veloces y recordar que siempre escogía el azul. Esa ciudad en donde podía jugar en la calle sin ningún apuro y no había tráfico, y podía andar en bicicleta. Esa ciudad que fue muchos años atrás, que no había tanto polvo, en donde todavía los cerros florecían y verdeaban a lo lejos.

Hoy me quiero imaginar mi casa con los arcos rosas en donde solía sentarme a platicar con mi hermana en las tardes de verano, cuando nos deslizábamos sobre la maleza en pleno cerro, con los amigos entrañables de la infancia. El árbol huele de noche. Recorrer el bulevard en bicicleta y sentir el viento en mi cara, fresquecito. Ir a la tiendita de la esquina y que me recibiera un señor que era como mi abuelo; llegar a la panadería de don Guicho y que me regalara una dona de chocolate. Mis vestidos y mi pelo suelto de domingo.

Todavía sueño en esa casa rosa de piso de madera de la calle Santa Fe, donde canté, bailé, reí a carcajadas por las travesuras hechas; en esta calle, permanecen aún mis huellas.
Extraño esa ciudad donde la lluvia se convertía en arroyos de agua limpiecita en los cerros; ahora son arroyos de basura, de desesperanza.

En esta ciudad me topé con tu rostro y tus benditos ojos que no me dejan abandonarla, y que gustosa seguiría caminando por sus calles formando mapas y cantando el amor.

domingo, 1 de julio de 2007

Respuesta XII

Ni el ruido ni el aire, o el andar de las personas, o los perros que cruzan las calles trotando con la lengua de fuera; ni la sonrisa de un niño que camina entusiasta por las aceras, que su perspectiva de vida es tan simple como jugar, la soledad no se espanta con nada. Camina como sombra tras de uno.

El relajo de las calles; los carros que pasan velozmente; los gritos de los taxista que apuran a los que se toman su tiempo para avanzar; los que cuelgan con medio cuerpo del camión anunciando la ruta; ni con todo ese barullo, la soledad se suelta de uno.

Se queda pegada a los pies, sujeta al alma, y nos recuerda que ahí está, obstinada en recordarnos la fragilidad de la vida y la felicidad, que por momentos fugaces sentimos, y nos sigue hasta el centro de corazón dejándolo helado.

viernes, 22 de junio de 2007

Entrega XII

Me gusta cuando nos escondemos de la ciudad al caer la tarde; huímos del ruido y los ecos que trae el viento, buscamos una sombra amorosa para habitarnos y revivir una historia de pasión en la piel.

Abandonamos a la ciudad que es una mujer vestida de sombras y a las calles pavimentadas de desesperanza, de amor, de peligro, de deseos. Afuera la ciudad transcurre, vive las últimas horas del día. La tarde cansada abraza a los pájaros que vuelven a sus nidos, cobija a los andantes que no tienen hogar y los edificios comienzan a encender sus luces.

Me recorres como si fuera tierra desconocida y liberas las mariposas de mi vientre; cabalgas en deseos, brillan tus ojos, veo el amor, me hundo en tu mar embravecido. Exploras mis playas extensas, crecen las olas de mi cuerpo, te envuelvo. Mi cuerpo y el tuyo se transforman en tormenta, lluevo en tus labios, soy camino transitado por tus manos de amanecer calientito, me llenas de música con besos húmedos entre mis piernas. Bailo.

Al entrar de nuevo en la ciudad la noche no es oscura, está cubierta de flores iluminadas con olor a deseo y, en tus manos, llevas arrullos de tarde de una luna que acariciaste al caer el sol.

martes, 12 de junio de 2007

Respuesta XI

Hoy me acompañó el ruido de los camiones, mientras caminaba sola por el mercado viejo del centro. Los vendedores mostraban los dulces, camotes y frutas secas, espantando a las abejas que revoloteaban e insistentemente regresaban al dulce.

Las campanadas de la catedral, de la que su color original se esfumó entre la mugre y las particulas del humo impregnadas a la superficie, suenan a cada hora, recordando a los caminantes que por ahí está la casa de Dios, ese ser que nos ha olvidado y nos ha dejado morir sin ilusiones.

Caminé con la esperanza de encontrarte por casualidad, pero lo único que encontré fueron personas extrañas, apuradas por el poco tiempo; deformes caminando de rodillas; mujeres perdidas en el laberinto cerebral; hombres que cubrían con ropa vieja su cuerpo; pero a ti, no te vi, sólo estabas en mi corazón, en mi mente, pegado a la niña de mis ojos.

Busqué un refugio dentro de un camión.
Pegada a la ventana, observé a los demás, cruzando calles, cargando bolsas, todos con la expresión tensionada en la frente por la prisa de la vida.

Pasé por aquel café que era el centro de nuestra flor de los cuatro vientos, y ni siquiera por accidente te vi. El chofer continuó la ruta que por horas, días y, tal vez, años ha seguido, a él no le importó que te buscara, te soñara, él sólo siguió sin más ni más.
Dejé de voltear hasta que perdí de vista el lugar, y me di cuenta que sigues aqui, tatuado en mi piel y en la memoria.

viernes, 8 de junio de 2007

XI Entrega

Crucé el mar para llegar a una ciudad llena de sol, con lumbre en las calles, con voces ancestrales que trae el viento y gigantes con brazos abiertos que inventaron el desierto.

Esta ciudad está llena de edificios y calles viejas, muros de adobe, cerros en forma de campanas y un museo que antes fue cárcel. Los paseos por el parque son a medianoche, cuando el sol da tregua y descanso, cuando la luna llena nos da suspiros y nos refresca el rostro.

Mientras camino por sus calles, veo casas con portones silenciosos, vacíos, mariposas cansadas de calor, pájaros que guardan su canto al caer la tarde y pasos enamorados que se guarecen bajo los árboles.

A esta ciudad vine al encuentro de palabras, de voces que son poemas, a nuestro encuentro, al encuentro de amigos, a las horas calurosas de cada año y a recorrer un hotel laberíntico que por cinco días fue nuestro hogar.

Todas las noches él besaba cada cachito de mi piel, escribía en mi espalda historias amorosas, tocaba música adentro de mi cuerpo y, al final, dormía abrazado a mi vientre.

martes, 5 de junio de 2007

Respuesta X

Vengo de un puerto siempre oloroso a pescado; siempre lleno del canto de las gaviotas.

Vengo de la temperatura fresca... siempre fresca, donde las mañanas, en vez del sol, es la brisa que nos da los buenos días.

Soy de la ciudad de donde el viento acaricia a todos.

Esa bella ensenada fue donde caminé por primera vez tomada de tu mano. Fue en la ventana al mar, donde permanecimos callados, abrazados, solos, donde el silencio fueron nuestras palabras.

Dejame volver a sentirte así, muy cerca de mi, y vuelve a poner tu rostro moreno en mi.

jueves, 24 de mayo de 2007

Décima entrega

Las calles de la ciudad son libros andantes que cuentan historias; la propia y la de otros que han dejado sus pasos entre ellas. A lo largo de sus banquetas, corren como ríos todas las voces, todos los cantos nuevos y los añejos, flotan leyendas en el aire, mitos y mitotes. Vagabundea la soledad y la felicidad por sus muros, y sobre sus paredes algunos prefieren imprimir su identidad.

Hasta Las Joyas, calle en donde vivo llega el murmullo del mar; a diario mi casa se llena del canto de los pájaros: palomas, golondrinas y cuervos bailan en los árboles, pinos, postes y rejas. A media noche suele pasar el tren que escucho cuando me lleno de insomnio y cuando la ciudad empieza a reinventarse para un nuevo amanecer.

Escribirte desde el otro lado de la ciudad es la única manera de no perder memoria y preservarte como tatuaje en mi piel.

sábado, 19 de mayo de 2007

Respuesta IX

Tomo tu mano y te llevo conmigo. Acompáñame a buscar esas palabras que andan sueltas por las calles, que siempre lucen llenas de personas en las horas "picos".

Quiero que estés a mi lado mientras escribo, y tu pintes al señor del carrito de frutas o dibujes a la mujer que baja apresurada del camión, batallando con las bolsas del mandado, o tal vez prefieras aquel bolero del parque que espera pacientemente a su cliente.

Quiero que de un pincelazo, des color a mis pensamientos; llenes de rojos, amarillos, verdes y azules mi corazón. Quiero que me des el arcoiris que hay dentro de ti.

miércoles, 16 de mayo de 2007

Novena entrega

Vivimos en una ciudad caleidoscópica, dijiste el otro día, y es verdad; tiene tantos colores, rostros, habitantes que llegan como tormentas inesperadas y que se van como el agua al mar.
Diariamente, la ciudad se llena de polvo, de casas donde no cabe la vida, entras y la esperanza queda afuera, los sueños se hacen pequeños, económicos.

Desde este lugar donde estoy, puedo ver que el fuego invade las calles, que los cerros guardan historias, el viento canta leyendas y se entretiene fabricando cantos nuevos, memorias de las que el mar ha sido testigo, aunque algunos sospechen que la historia gestada aquí es falsa.

A veces me siento extraviada en la ciudad con calles laberínticas que tienen doble número y nombre, estatuas de héroes silenciosos y vigilantes de los camellones, espectaculares que no dejan ver el sol y que nublan la vista con palabras innecesarias y absurdas.

Hoy la ciudad amaneció gris, y tú, lejos en el desierto.

viernes, 11 de mayo de 2007

Respuesta VIII

Con el calor infernal, que aún no le corresponde a la estación, tus olores se acentúan. A veces la brisa del mar da un aire fresco a mis pulmones, y otras, el olor a orines y drenajes malhumorados por las altas temperaturas, me reciben al caminar los distintos centros que te forman.

Ya no sólo es el centro viejo, donde quedan algunos edificios testigos de tus inicios.

Ahora, también son puntos de encuentro de miles de almas, donde un "mall", miles de casitas donde habitan más de cinco personas, se mueven dentro de un espacio reducido: maquila-centro comercial-casa.

Pareciera que para muchos, el otro extremo no existe... no existe el mar, no existe el valle, ni las carreteras del norte ni las que van al sur. Sólo existen las tiendas departamentales, las bodegas donde trabajan por más de 10 horas diarias, la televisión que espera a ser encendida con un botón, y la mugre de la casa que nadie limpió durante el día, porque no queda tiempo para ver de lejos los cerros y cañones, ni las flores que con la primavera regresaron a poner de colores la vista. No hay tiempo ni siquiera de recorrer tus calles, tus centros, por eso nadie sabe que tienes los cuatros puntos cardinales para caminarse.

Quiero ese tiempo para verte, olerte y sentirte... y tú ¿me acompañas?

miércoles, 9 de mayo de 2007

Octava entrega

Despertar por fin con la primavera calientita y salir de la ciudad que tiene cicatrices en las colinas llenas de casas, cubierta del perfume de la mañana, que bosteza extendiendo los brazos después de que se vistió de fiesta la noche anterior. Misteriosa, susurra historias de madrugada.

Manejo por carreteras con alfombras de flores a los costados, con calor en mis hombros desnudos, llegué a medio cielo contigo en el corazón. Me gustan las ciudades que reposan frente al mar y que danzan con el atardecer; caminar por la arena con gaviotas que vuelan alrededor dejando pintadas sus alas en el aire y por fin el sol de mayo que calienta la esperanza de verte, de sentirte navegando entre mis piernas, con tus manos de verano recorriéndome dulcemente de mi ombligo a mi sexo, con brisa en los labios.

Me gusta que me acompañes siempre a donde quiera que voy, pegadito a mi piel.

domingo, 6 de mayo de 2007

Respuesta séptima

La ciudad está en silencio, no me ha querido hablar, no me ha querido contar las miles de historias que se escriben en el andar de las calles.

No quiere descubrir el diario de las familias que se creen felices y que cada domingo pasean por los centros comerciales, no me ha dicho sus secretos, sus desilusiones; de los novios que buscan las sombras para regalarse un beso, antes de que sus padres abran la puerta; de los amantes que delatan su pasión con miradas furtivas, y que tocan la punta de sus dedos en el descuidos de los otros; de los abandonados a su suerte, que buscan vivir día a día, siempre con la incertidumbre de no volver a ver el amanecer; de los que buscan en los bares, cantinas y antros la compañía para disipar la soledad que carcome el corazón; de los niños que pasan por los carros vendiendo chicles y lanzan pelotas para obtener algunas monedas; de las mujeres que esperan paradas por horas a algún cliente necesitado de aliviar su frustración, y así ganar lo que en las maquilas no obtendrían en una semana; de los que deambulan por las calles con el miedo a ser levantados por los policías, sólo por no traer ropa bonita ni limpia; de los que nada esperan y una bala les atraviesa la cabeza; de las mujeres que salen de sus casas antes de que el sol asome por el Este, para llegar a tiempo a las maquilas.

De ninguno de ellos, la ciudad me ha querido hablar. Hoy amaneció congestionada.

jueves, 3 de mayo de 2007

Séptima entrega

¿Cómo se cura el dolor de perderte a diario? Cuando el golpeteo de la lluvia en las calles anuncia que cada día estás más lejos, cuando el cuerpo se desdibuja, cuando el viento es gris y se cuela por las rendijas de la puerta, cuando la ciudad ha cambiado de cara y las nubes perdieron todas sus formas, cuando el cenzontle ya no canta en la ventana.

¿Cómo se curan las heridas cuando las cartas de amor han cesado, cuando no hay palabras que lleguen por teléfono, por carta, por correo electrónico? Qué oscura es la ciudad cuando no estás conmigo; he querido encontrar el eco de tu voz, verte en todos los rostros, encontrarte dibujado en los puentes, en callejones, dándole luz verde al amor.

No hay nada más terrible que estar a la espera de un amor.

miércoles, 2 de mayo de 2007

Respuesta seis

Caminando por la vías del tren, descubrí las tablas que sostienen los pisos de las casas encaramadas en los cerros; las flores silvestres que reclaman su espacio invadido por el cemento; las aguas negras que buscan una vereda al mar; los perros que salen a recibir a sus amos moviendo la cola de felicidad.

Te sigo por los caminos de arcilla y barro, marcados por el agua que cayó del cielo. Descubrimos la otra cara, la periferia. Alguien nos pregunta ¿quieren ir a la ciudad?, porque no es de ellos la urbe que esta detrás del cerro.

Las colonias parecen tristes, amorfas, caóticas, que toman otro sentido si tu me acompañas, y aparece el verde pasto que aviva la tierra después de la lluvia, y resalta ante mi vista más que las miserias de la ciudad.

martes, 1 de mayo de 2007

Sexta entrega

Hoy que llena la luna y su vientre se pone rojo, la ciudad me susurra poemas. Te hablo de la poesía de los árboles, del fuego de los amantes, de las casas en las colinas hechas a tropezones, del andar a diario por las calles, de los que llegan, los que se van, de los jardines con flores, hierbas aromáticas y medicinales, de las historias ilegibles y las que cantan amores. Hoy por la tarde renació la esperanza porque me topé con tus hermosos ojos verdes.

La ciudad habla enojos, insomnios interminables, soledades viejas, olvido, alegrías infinitas; habla de lugares que renacen a diario con el sol, de rostros maquillando la realidad, del perfume que trata de disimular el olor a odio en las calles, mientras entreteje su historia y limpia sus ojos llenos de lágrimas.
Tú eres mi brújula en esta última tarde de abril.

lunes, 30 de abril de 2007

Respuesta cinco

Ayer vi correr a los niños entre las olas, jugaban a que el mar los atrapaba, a que los barquitos de papel zarpaban hacia el horizonte.

Olores de brisa y elote, churritos bañados en chile y mariscos con limón, inundaban el ambiente.

Caminar por el malecón entre la gente, que con parsimonia recorren el camino adoquinado, llenó el corazón de alegría. A lo lejos, el conjunto norteño cantaba "Tragos de amargo licor", mientras que los oyentes entonaban el coro con pasión.

Ahí te vi, con tu piel morena al sol. Probé tu cuerpo y mis labios se quedaron llenos de tu sal.

domingo, 29 de abril de 2007

Quinta entrega

Me gusta la ciudad cuando la recorro contigo, ver su mar en silencio, con sólo su golpear de olas, llenándonos de brisa a media noche, y en los zapatos destellos de arena.
Hay días en que nos sobran las palabras para contarnos la vida, los pasos recorridos, el destello en los ojos, los atardeceres.
Me gusta que me tomes de la cintura y ser tu guía en el laberinto de la ciudad.

Respuesta cuatro

Sin embargo, ahí seguimos, esperando el momento para escapar a cualquier rincón, un cuarto, una cama, sábanas blancas. La ciudad se queda afuera, ansiosa de saber qué sucede.
Nosotros no la invitamos a pasar, sólo le contamos lo que pasa, lo que nos pasa, lo que hacemos, y ella, la ciudad, no es partícipe, pero nos deja tomarla, asaltarla y amarla.

Cuarta entrega

No me gusta la ciudad que me separa de tí, que pone miles de kilómetros de distancia, que no me deja que te escuche, que te lea, que te vea.
Espero a que la ciudad me conceda tus ojos verdes.

Respuesta tercera

¿Qué sería de los enamorados si no existieran los caminos para encontrarse, para llegar al mismo punto, para llegar el uno al otro?
Recorrer caminos de asfalto, juntos tomados del brazo, hace más fácil el andar. No sentir el duro suelo, bajo las suelas del zapato, ni estremecerse ante el muro metálico que divide la tierra.
Enamorados, se siguen uno al otro, buscándose, oliéndose, deseándose. Para eso están los caminos, para encontrarse, en medio de la flor de los cuatro vientos.

Tercera entrega

Desde aquí puedo imaginarme el mar de tus ojos, atardecer en tu cuerpo. Pegadita a tí. Sólo que a veces los pocos kilómetros que separan al valle del mar se hacen eternos, extensos.
El tímido sol casi primaveral calienta los recuerdos y las huellas que dejaste en mi paraíso de paredes blancas. Por las noches, puedo escuchar el eco que dejó tu voz y la música regada en las esquinas y los suelos amorosos.
Te espero del otro lado de la ciudad.

Respuesta segunda

Una llamada a mi teléfono anuncia el odio. La ciudad ha sido asaltada por hombres que han cambiado sus manos por armas. Me pregunto ¿acaso no recibieron suficiente amor, que prefieren mostrar el rostro del rencor y acabar con lo que nosotros siempre celebramos: la vida?
La ciudad se paraliza, todo pierde importancia, ya no nos importa la basura, los hoyos del pavimento, en los que a diario caemos, ni los asaltantes de bancos, ni los niños que venden chicles en la calle o flores en los antros, o los jomles caminando por el canal sin rumbo fijo. Los sicarios andan metidos entre las calles, diseminando su desprecio en contra de la humanidad.
Pero cuando me hablas tú, olvido todo lo demás.

Segunda entrega

Cada día inventamos una ciudad sólo para nosotros. Renombramos las calles por donde pasamos día a día, decoramos con faroles, bugambilias y perfumamos con gardenia; sólo queda intacta nuestra esquina rosada.
Los miedos más profundos los guardamos en los sótanos oscuros y llenos de sombras, aquí no caben, no cuando estamos juntos.
A veces me pregunto por tus ojos verdes cuando las calles vuelven a sus antiguos nombres, cuando la violencia repta por las calles, cuando no hay perfumes, ni faroles y las esquinas se vuelven oscuras, cuando cae un invierno gris.
Cuando amanece y entra el sol por la ventana, empiezo a imaginar los nombres que le pondremos a las calles cuando vuelvan a ver pasar nuestro amor.

Respuesta primera

Los años nunca han sido obstáculos. El cuerpo aunque tenga un mes o se cuelgue la piel, siente, siente cuando alguien rosa la mejilla, cuando los dedos del otro se enlazan buscando la compañía de tu mano.
Así los árboles del parque del centro, han sido nuestro techo, han extendido sus brazos repletos de hojas, anunciando que viven para estar ahí, a la espera de los enamorados.
Y ahí estamos, susurrando secretos, observando a los otros que pasan despistados por los andadores de piedra, alineados por pequeños arbustos, mientras que los gritos de los niños invaden el ambiente.
Ahí estamos a la espera, a que la tarde se extinga, allá donde el mar acaba, para correr al rincón que hemos decidido tener.

Primera entrega

Nacimos en ciudades distintas, en tiempos distintos, los años y los sueños nos han reunido, despacito.
Emigré del desierto para encontrarte en un mar maravilloso. Cada uno trae pedazos de estrellas en el corazón. Somos la vía láctea juntos.
Hemos recorrido ciudades enteras tomados de la mano, cantando nuestro amor. Paseándolo por plazas, malecones, calles transitadas.
Tenemos en la piel imborrables recuerdos de atardeceres en distintos mares, pedazos de historias rosaspúrpuras, pasión en la voz cuando repetimos nuestros nombres.
Amo tu cuerpo calientito, cuando está listo para recibirme vestida de piel de luna.