miércoles, 26 de septiembre de 2007

RESPUESTA XVI

El alma se tranquiliza al ver como manto de luz, una gran parte de ti, ciudad.

Desde lo alto observo las mañanas llenas de niebla, y un poco más arriba, un cielo azul que espera a que esas partículas húmedas se replieguen al mar; y por las noches, una sábana que brilla cuando el sol sucumbe al ocaso… las luces de las casas y comercios aparecen como si la Vía Láctea hubiera decidido vivir entre nosotros, entre tus calles, en tu vientre, y me regalara ese camino lleno de luz artificial.

Si el desconsuelo aflige mi corazón, sólo me basta observarte desde la ventana, para que esos brillos llenen el espíritu, y de sólo recordar quienes ya compartieron esa vista tuya, la alegría vuelve de nuevo, el ánimo se hace presente.

1 comentario:

IrreFleXiva dijo...

Lo doloroso de sentir las cicatrices de la ciudad no es sólo darse cuenta de que existen, sino traerlas como heridas abiertas en el viaje, como un tatuaje recién hecho. La sensación de nómada cargando recuerdos, desenraizada, sin apegos, hace sentir libertad. La no pertenencia a un espacio da la sensación de una fácil movilidad, rápida adaptación al cambio, tolerancia al miedo.
Sin embargo queda el peso de la memoria. Las historias que se entretejen con la gente, con las calles, con los paisajes selváticos o urbanos, desérticos o llenos de mar. Todo eso que se queda en la piel con el ir y venir. Con el amor a eso que queremos encontrar en cada ciudad...