miércoles, 25 de julio de 2007

Entrega XIV

La ciudad se ha vuelto en llamas, todo arde por encima de los edificios, por los callejones corre un olor a rancio, a soledad. Carretadas de mentiras recorren las calles, la tristeza repta.

Camino sin voz, casi sin rostro, recojo pedazos de quien fuera yo. La ciudad ha cambiado de color, las esquinas ya no son rosadas. Se ha esfumado el olor a gardenia en el aire. Las promesas rebotan en los muros.

El murmullo del mar ya no llega hasta el valle y el calor se hace insoportable, denso. Hoy más que nunca extraño la lluvia e imploro con los brazos abiertos y cansados una brisa, un rocío.

El amor se fue en avión a una playa. Terminaste por abandonar la ciudad que es mi corazón.

viernes, 20 de julio de 2007

RESPUESTA XIII


Las gaviotas son testigos de las personas que día a día rodean las orillas del mar o desahogan las penas recorriendo el largo malecón. Pasan sobre las cabezas con las alas muy abiertas, o caminan a una distancia prudente de alguien que pasiblemente disfruta de la tarde y siente la arena en sus pies.

Las gaviotas son el radar natural de los marineros al acercarse a tierra firme, son las que se amontonan para arrebatarse un pedazo de pescado, y son las que disfrutan de las tardes soleadas o de las mañanas llenas de suave brisa.

Estas aves blancas, que en alguna parte de su cuerpo pinta el color gris oscuro, fueron testigos de un abrazo largo, en el que una pareja permaneció un tiempo infinito, murmurándose un futuro que no era posible y que nunca llegó; fue una fusión en un solo cuerpo, en una sola sombra reflejada en las piedras del andador, tal vez sentimental de parte de ella, y tal vez rutinario de parte de él, sin embargo, permanecieron uno frente al otro, mientras ese aire fresco los envolvió.

Estas aves, pasaron volando sobre ellos, con ese canto que las caracteriza. Quisiera vivir una tarde así, frente al muelle, frente a frente tu y yo, unidos en un abrazo.

martes, 17 de julio de 2007

Entrega XIII

Quiero inventar otra ciudad por hoy, una que no tenga tantas cicatrices, donde las calles tejan enredaderas de sueños, que no tenga sabor a soledades añejas, que esconda sus fantasmas en lo más profundo de la tierra. Te hablo de la ciudad de cuando era niña, de cuando llegué aquí y dejé el desierto. De mi experiencia cuando fui a conocer estas playas, los toboganes veloces y recordar que siempre escogía el azul. Esa ciudad en donde podía jugar en la calle sin ningún apuro y no había tráfico, y podía andar en bicicleta. Esa ciudad que fue muchos años atrás, que no había tanto polvo, en donde todavía los cerros florecían y verdeaban a lo lejos.

Hoy me quiero imaginar mi casa con los arcos rosas en donde solía sentarme a platicar con mi hermana en las tardes de verano, cuando nos deslizábamos sobre la maleza en pleno cerro, con los amigos entrañables de la infancia. El árbol huele de noche. Recorrer el bulevard en bicicleta y sentir el viento en mi cara, fresquecito. Ir a la tiendita de la esquina y que me recibiera un señor que era como mi abuelo; llegar a la panadería de don Guicho y que me regalara una dona de chocolate. Mis vestidos y mi pelo suelto de domingo.

Todavía sueño en esa casa rosa de piso de madera de la calle Santa Fe, donde canté, bailé, reí a carcajadas por las travesuras hechas; en esta calle, permanecen aún mis huellas.
Extraño esa ciudad donde la lluvia se convertía en arroyos de agua limpiecita en los cerros; ahora son arroyos de basura, de desesperanza.

En esta ciudad me topé con tu rostro y tus benditos ojos que no me dejan abandonarla, y que gustosa seguiría caminando por sus calles formando mapas y cantando el amor.

domingo, 1 de julio de 2007

Respuesta XII

Ni el ruido ni el aire, o el andar de las personas, o los perros que cruzan las calles trotando con la lengua de fuera; ni la sonrisa de un niño que camina entusiasta por las aceras, que su perspectiva de vida es tan simple como jugar, la soledad no se espanta con nada. Camina como sombra tras de uno.

El relajo de las calles; los carros que pasan velozmente; los gritos de los taxista que apuran a los que se toman su tiempo para avanzar; los que cuelgan con medio cuerpo del camión anunciando la ruta; ni con todo ese barullo, la soledad se suelta de uno.

Se queda pegada a los pies, sujeta al alma, y nos recuerda que ahí está, obstinada en recordarnos la fragilidad de la vida y la felicidad, que por momentos fugaces sentimos, y nos sigue hasta el centro de corazón dejándolo helado.