Los años nunca han sido obstáculos. El cuerpo aunque tenga un mes o se cuelgue la piel, siente, siente cuando alguien rosa la mejilla, cuando los dedos del otro se enlazan buscando la compañía de tu mano.
Así los árboles del parque del centro, han sido nuestro techo, han extendido sus brazos repletos de hojas, anunciando que viven para estar ahí, a la espera de los enamorados.
Y ahí estamos, susurrando secretos, observando a los otros que pasan despistados por los andadores de piedra, alineados por pequeños arbustos, mientras que los gritos de los niños invaden el ambiente.
Ahí estamos a la espera, a que la tarde se extinga, allá donde el mar acaba, para correr al rincón que hemos decidido tener.
Así los árboles del parque del centro, han sido nuestro techo, han extendido sus brazos repletos de hojas, anunciando que viven para estar ahí, a la espera de los enamorados.
Y ahí estamos, susurrando secretos, observando a los otros que pasan despistados por los andadores de piedra, alineados por pequeños arbustos, mientras que los gritos de los niños invaden el ambiente.
Ahí estamos a la espera, a que la tarde se extinga, allá donde el mar acaba, para correr al rincón que hemos decidido tener.
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