Quiero inventar otra ciudad por hoy, una que no tenga tantas cicatrices, donde las calles tejan enredaderas de sueños, que no tenga sabor a soledades añejas, que esconda sus fantasmas en lo más profundo de la tierra. Te hablo de la ciudad de cuando era niña, de cuando llegué aquí y dejé el desierto. De mi experiencia cuando fui a conocer estas playas, los toboganes veloces y recordar que siempre escogía el azul. Esa ciudad en donde podía jugar en la calle sin ningún apuro y no había tráfico, y podía andar en bicicleta. Esa ciudad que fue muchos años atrás, que no había tanto polvo, en donde todavía los cerros florecían y verdeaban a lo lejos.
Hoy me quiero imaginar mi casa con los arcos rosas en donde solía sentarme a platicar con mi hermana en las tardes de verano, cuando nos deslizábamos sobre la maleza en pleno cerro, con los amigos entrañables de la infancia. El árbol huele de noche. Recorrer el bulevard en bicicleta y sentir el viento en mi cara, fresquecito. Ir a la tiendita de la esquina y que me recibiera un señor que era como mi abuelo; llegar a la panadería de don Guicho y que me regalara una dona de chocolate. Mis vestidos y mi pelo suelto de domingo.
Todavía sueño en esa casa rosa de piso de madera de la calle Santa Fe, donde canté, bailé, reí a carcajadas por las travesuras hechas; en esta calle, permanecen aún mis huellas.
Extraño esa ciudad donde la lluvia se convertía en arroyos de agua limpiecita en los cerros; ahora son arroyos de basura, de desesperanza.
En esta ciudad me topé con tu rostro y tus benditos ojos que no me dejan abandonarla, y que gustosa seguiría caminando por sus calles formando mapas y cantando el amor.
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