La ciudad está en silencio, no me ha querido hablar, no me ha querido contar las miles de historias que se escriben en el andar de las calles.
No quiere descubrir el diario de las familias que se creen felices y que cada domingo pasean por los centros comerciales, no me ha dicho sus secretos, sus desilusiones; de los novios que buscan las sombras para regalarse un beso, antes de que sus padres abran la puerta; de los amantes que delatan su pasión con miradas furtivas, y que tocan la punta de sus dedos en el descuidos de los otros; de los abandonados a su suerte, que buscan vivir día a día, siempre con la incertidumbre de no volver a ver el amanecer; de los que buscan en los bares, cantinas y antros la compañía para disipar la soledad que carcome el corazón; de los niños que pasan por los carros vendiendo chicles y lanzan pelotas para obtener algunas monedas; de las mujeres que esperan paradas por horas a algún cliente necesitado de aliviar su frustración, y así ganar lo que en las maquilas no obtendrían en una semana; de los que deambulan por las calles con el miedo a ser levantados por los policías, sólo por no traer ropa bonita ni limpia; de los que nada esperan y una bala les atraviesa la cabeza; de las mujeres que salen de sus casas antes de que el sol asome por el Este, para llegar a tiempo a las maquilas.
De ninguno de ellos, la ciudad me ha querido hablar. Hoy amaneció congestionada.
No quiere descubrir el diario de las familias que se creen felices y que cada domingo pasean por los centros comerciales, no me ha dicho sus secretos, sus desilusiones; de los novios que buscan las sombras para regalarse un beso, antes de que sus padres abran la puerta; de los amantes que delatan su pasión con miradas furtivas, y que tocan la punta de sus dedos en el descuidos de los otros; de los abandonados a su suerte, que buscan vivir día a día, siempre con la incertidumbre de no volver a ver el amanecer; de los que buscan en los bares, cantinas y antros la compañía para disipar la soledad que carcome el corazón; de los niños que pasan por los carros vendiendo chicles y lanzan pelotas para obtener algunas monedas; de las mujeres que esperan paradas por horas a algún cliente necesitado de aliviar su frustración, y así ganar lo que en las maquilas no obtendrían en una semana; de los que deambulan por las calles con el miedo a ser levantados por los policías, sólo por no traer ropa bonita ni limpia; de los que nada esperan y una bala les atraviesa la cabeza; de las mujeres que salen de sus casas antes de que el sol asome por el Este, para llegar a tiempo a las maquilas.
De ninguno de ellos, la ciudad me ha querido hablar. Hoy amaneció congestionada.
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