domingo, 21 de octubre de 2007

Entrega XVIII


La luna creciente cae sobre la ciudad que se ha vestido de otoño, nubes salpicadas de gris y púrpura aparecen en el cielo. Ciudad de octubre, árboles que mudan las hojas o cambian de color, el rumor de la lluvia llega, olor a tierra mojada.

Te quiero contar la ciudad en su tercera estación: Las mariposas desaparecen por el frío, los jardines cambian de color, la nostalgia flota en el aire, las chimeneas empiezan a encenderse y entorno a ellas las reuniones interminables con los amigos, las risas, los acuerdos, los que hablan mucho, los que no hablan nada. Festivales interminables que celebrán el otoño y a las lunas más bellas; poesía erótica en las paredes. El infaltable tren desvelado que pasa por Las Joyas, puntual a la media noche. Vientos santaneros levantan el polvo de todo lo que se hace añejo, de todo lo que tiene que cambiar. Todo arde. Lluvia de cenizas.

Llegan nuevos habitantes como golondrinas, la ciudad se hace pequeña entre tanto carro, quisiera calles amplias como cada domingo.

En otoño llegó la luna llena a mi cuerpo, contigo a un lado, amaneciendo, despertando con música de viento en tu cuerpo. Luego nos despedimos con un beso largo y el sol reciente.

sábado, 6 de octubre de 2007

RESPUESTA XVII

Recorrerte es a veces extenuante; esperar 15 minutos plantada en una esquina a que un aerostar pintada de café con blanco, o un camión lento y ruidoso pase, me hace sentir un árbol pegado al suelo, con las raíces profundas, a punto de tirar la última hoja, en señal de que el gesto de la vida se pierde ahí parada…

No soy la única impaciente de ver el número infinito de vehículos delante del camión, que brinca a la menor provocación; la chica de a lado ve insistentemente la hora en el celular, contesta una llamada y explica que no tarda en llegar, aunque su arribo al lugar tarde más de 40 minutos en un tramo muy corto…

Es tal mi impaciencia de verte infectada por los vehículos y máquinas que construyen más vericuetos sobre tu rostro citadino, que decido bajar y caminar, aunque sé que el camión me alcanzará en el punto que quiero llegar, aun así, prefiero andar.

Hoy te recorrí por las diferentes rutas que hemos trazado con asfalto. Hoy vi los semblantes morenos y pálidos, donde la piel traza los huesos de rostros de mujeres, que sin opciones ni ayuda cargan a sus hijos, llenas de bolsas y pañaleras, recién salidas de la maquila, y me recordaste lo difícil que resultas, en ocasiones, vivirte y palparte.

Hoy subí y baje por cañones y cerros, tratando de orientarme para no perderme en las veredas; terminé agotada entre tanto transporte público y gente fusionada al volante. Que complicada resultas, y aún así no puedo dejar de sentirte mi ciudad. No reniego porque me has adoptado, como una madre que acepta a sus hijos sin condiciones.

viernes, 5 de octubre de 2007

Entrega XVII

Vuelvo a mi pedazo de tierra, al desierto que me vio nacer una madrugada de luna llena, a mi valle donde alguna vez hubo lagunas encantadas por el mar, y que ahora entre sus cicatrices sólo conserva sal.

Recorro a tu lado y con gran gusto el paisaje hacia mis orígenes: cuervos negreando el cielo, flores de toloache adornando el pavimento, nubes dibujadas y cerros morados que parecen dragones dormidos.

Me reciben majestuosas las rocas que cantan, que murmuran historias y que se cubren de un aire frío de otoño. Mis ojos sonríen. Llena de asombro descubro las maravillas de un cerro vigilante del tiempo y de las historias que el viento teje, una laguna a la que el Sol le dibuja agua cuando la toca, tolvaneras, dunas y árboles de humo.

A esta ciudad llegué una madrugada de octubre. Hilvano los recuerdos de la infancia: la calle donde vivía, mi casa rosa que era una fruta en cada estación; las fiestas del Sol; los interminables días en el parque; los veranos calurosos en las lagunas al lado de mi familia, mi traje de baño preferido; los inviernos crudos cuando íbamos a jugar en la nieve; las tortillas de harina; los raspados de ciruela y mi amigo de ojos azules; mi fiesta de cinco años, mi vestido y mis botas de charol. Imágenes nítidas en mis ojos.

Cada imagen es apenas una cicatriz, un punto en la configuración de la ciudad, huellas que el tiempo deja y que ahora la veo distinta: llena de puentes; se han secado las lagunas, ha crecido en tamaño y ha envejecido a pesar del maquillaje.

Regresé a mi ciudad para la fiesta de la luna, para reencontrarme entre sus calles, y entre los hilos del tiempo roto, con la ilusión de una noche de luna entre tus piernas, para encontrame con tus manos y tu piel de sol ardiente. Pasión en los ojos.