miércoles, 21 de noviembre de 2007

RESPUESTA XIX

Abro los diarios y encuentro las noticias, en las que los escribanos gastan ríos de tinta roja para decirnos que somos malos. Los asaltos ya no son sólo de bolsos de mujeres o mochilas de estudiantes, han subido de rango y de mucho valor, y ocupan las primeras planas.

El hierro vuela sin pedir permiso a nadie, sin importar la hora y quien se atraviese en el camino que recorre cortando el aire, busca llegar a su objetivo: a quien debe quitar la vida en un santiamén, y a su paso, deja un hilo invisible de muerte, esas son las notas de cada día.

Los periódicos ya no me hablan de las personas que a diario viajan en camiones viejos que dejan a su paso un humo negro y asfixiante, como si fueran chimeneas destartaladas y ambulantes; del autobús que recorre la ciudad, decorado por montones de luces que trazan la figura rectangular, como si fuera vehículo de circo.

Tampoco me narran la historia de doña Juanita, quien por tener un diablito en su casa, se convirtió en el refugio instantáneo de las llamas del infierno, dejando sólo cenizas como recordatorio de la fragilidad de la vida; ni mucho menos de aquella dama que cruza los puentes peatonales, y no falta quien le dé un “llegue” en la nalga bien apretada por la mezclilla.

Estos periódicos se han olvidado de las miles y miles de almas que se levantan mucho antes que el sol asome la nariz en el Este, y apurados corren para subir al camión antes de que se despida rugiendo por los caminos trazados en la ciudad.

Ya nadie habla de nosotros, a menos que los desconocidos encapuchados, vestidos de “autoridad”, hayan robado la vida a alguien en nuestras narices, o que hayan tirado un paquetito en la basura, donde yace el cuerpo de algún desafortunado. La vida se ha olvidado de los comunes y corrientes que luchan día a día por ganarse el pan, los diarios y funcionarios están ocupados para nosotros, los que engrandecemos la ciudad.

domingo, 4 de noviembre de 2007

Entrega XIX

La ciudad se vuelve invisible como el silencio. Las calles desaparecen entre la bruma, no hay calidez en los ojos de la gente que las transita. Duelen las entrañas de la tierra.

Parques llenos de tristeza por las tardes, donde el deseo de la piel se ha esfumado, se ha caido junto con el otoño; palabras endurecidas como piedras y cargando el corazón en pedazos. Extraño el cobijo del verano. Juego con hojas secas para no hacerte saber que el corazón está herido, para disipar las lágrimas que me inundan toda por dentro.

El aire frío, presagio del invierno que viene a grandes pasos se sale por mis manos. Toda la piel partida. Te extiendo los brazos para que me des calor y desapareces, como si fueras un fantasma; las palabras no hacen eco, los deseos se aniquilan. Sigues acostado mirando al cielo, perdido. Umbral de dolor.

Respuesta XVIII

Después de las cenizas, ya te puedo ver: simple, clara, como siempre. Después de estar entre bruma y polvo, te percibo como invariablemente eres, dinámica y sin descanso.

Ciudad de altos cerros y profundos cañones, te recorro sobre ruedas de camiones públicos, veo los rostros todavía con las líneas de las cobijas pintadas sobre las mejillas; niños que no alcanzan a entender porqué se tienen que levantar a temprana hora; mujeres vestidas con su bata de la maquila, listas para llegar y registrar la entrada antes de las siete, para ganarse el bono de puntualidad.

Me pregunto si en nuestra vida llegamos puntuales a las personas, a las cosas, a los hechos. Si realmente vivimos lo que nos toca o es que llegamos antes o después… a veces se llega después, eso es definitivo. A ti he llegado demasiado tarde, y aún así, no me arrepiento, llegué en el momento en que debí llegar, ni modo, en el tiempo que la vida quiso que llegara. No hay más que hacer. A lo mejor alcanzo un bono de impuntualidad.

Sin embargo, tratamos de estar puntuales en el justo momento: en el trabajo, en la cita de amor, al llegar a nuestras casas, en la fiesta, no importa cuantos carros haya esperando fluir como sangre por las venas de concreto, lo importante es que estemos a tiempo.

Cada vez más tus caminos me parecen insoportables. Las construcciones de puentes y vías, alteran tu fisonomía, y aún así trato de llegar a la hora, al lugar donde alguien me espera.