
Las gaviotas son testigos de las personas que día a día rodean las orillas del mar o desahogan las penas recorriendo el largo malecón. Pasan sobre las cabezas con las alas muy abiertas, o caminan a una distancia prudente de alguien que pasiblemente disfruta de la tarde y siente la arena en sus pies.
Las gaviotas son el radar natural de los marineros al acercarse a tierra firme, son las que se amontonan para arrebatarse un pedazo de pescado, y son las que disfrutan de las tardes soleadas o de las mañanas llenas de suave brisa.
Estas aves blancas, que en alguna parte de su cuerpo pinta el color gris oscuro, fueron testigos de un abrazo largo, en el que una pareja permaneció un tiempo infinito, murmurándose un futuro que no era posible y que nunca llegó; fue una fusión en un solo cuerpo, en una sola sombra reflejada en las piedras del andador, tal vez sentimental de parte de ella, y tal vez rutinario de parte de él, sin embargo, permanecieron uno frente al otro, mientras ese aire fresco los envolvió.
Estas aves, pasaron volando sobre ellos, con ese canto que las caracteriza. Quisiera vivir una tarde así, frente al muelle, frente a frente tu y yo, unidos en un abrazo.