viernes, 22 de junio de 2007

Entrega XII

Me gusta cuando nos escondemos de la ciudad al caer la tarde; huímos del ruido y los ecos que trae el viento, buscamos una sombra amorosa para habitarnos y revivir una historia de pasión en la piel.

Abandonamos a la ciudad que es una mujer vestida de sombras y a las calles pavimentadas de desesperanza, de amor, de peligro, de deseos. Afuera la ciudad transcurre, vive las últimas horas del día. La tarde cansada abraza a los pájaros que vuelven a sus nidos, cobija a los andantes que no tienen hogar y los edificios comienzan a encender sus luces.

Me recorres como si fuera tierra desconocida y liberas las mariposas de mi vientre; cabalgas en deseos, brillan tus ojos, veo el amor, me hundo en tu mar embravecido. Exploras mis playas extensas, crecen las olas de mi cuerpo, te envuelvo. Mi cuerpo y el tuyo se transforman en tormenta, lluevo en tus labios, soy camino transitado por tus manos de amanecer calientito, me llenas de música con besos húmedos entre mis piernas. Bailo.

Al entrar de nuevo en la ciudad la noche no es oscura, está cubierta de flores iluminadas con olor a deseo y, en tus manos, llevas arrullos de tarde de una luna que acariciaste al caer el sol.

martes, 12 de junio de 2007

Respuesta XI

Hoy me acompañó el ruido de los camiones, mientras caminaba sola por el mercado viejo del centro. Los vendedores mostraban los dulces, camotes y frutas secas, espantando a las abejas que revoloteaban e insistentemente regresaban al dulce.

Las campanadas de la catedral, de la que su color original se esfumó entre la mugre y las particulas del humo impregnadas a la superficie, suenan a cada hora, recordando a los caminantes que por ahí está la casa de Dios, ese ser que nos ha olvidado y nos ha dejado morir sin ilusiones.

Caminé con la esperanza de encontrarte por casualidad, pero lo único que encontré fueron personas extrañas, apuradas por el poco tiempo; deformes caminando de rodillas; mujeres perdidas en el laberinto cerebral; hombres que cubrían con ropa vieja su cuerpo; pero a ti, no te vi, sólo estabas en mi corazón, en mi mente, pegado a la niña de mis ojos.

Busqué un refugio dentro de un camión.
Pegada a la ventana, observé a los demás, cruzando calles, cargando bolsas, todos con la expresión tensionada en la frente por la prisa de la vida.

Pasé por aquel café que era el centro de nuestra flor de los cuatro vientos, y ni siquiera por accidente te vi. El chofer continuó la ruta que por horas, días y, tal vez, años ha seguido, a él no le importó que te buscara, te soñara, él sólo siguió sin más ni más.
Dejé de voltear hasta que perdí de vista el lugar, y me di cuenta que sigues aqui, tatuado en mi piel y en la memoria.

viernes, 8 de junio de 2007

XI Entrega

Crucé el mar para llegar a una ciudad llena de sol, con lumbre en las calles, con voces ancestrales que trae el viento y gigantes con brazos abiertos que inventaron el desierto.

Esta ciudad está llena de edificios y calles viejas, muros de adobe, cerros en forma de campanas y un museo que antes fue cárcel. Los paseos por el parque son a medianoche, cuando el sol da tregua y descanso, cuando la luna llena nos da suspiros y nos refresca el rostro.

Mientras camino por sus calles, veo casas con portones silenciosos, vacíos, mariposas cansadas de calor, pájaros que guardan su canto al caer la tarde y pasos enamorados que se guarecen bajo los árboles.

A esta ciudad vine al encuentro de palabras, de voces que son poemas, a nuestro encuentro, al encuentro de amigos, a las horas calurosas de cada año y a recorrer un hotel laberíntico que por cinco días fue nuestro hogar.

Todas las noches él besaba cada cachito de mi piel, escribía en mi espalda historias amorosas, tocaba música adentro de mi cuerpo y, al final, dormía abrazado a mi vientre.

martes, 5 de junio de 2007

Respuesta X

Vengo de un puerto siempre oloroso a pescado; siempre lleno del canto de las gaviotas.

Vengo de la temperatura fresca... siempre fresca, donde las mañanas, en vez del sol, es la brisa que nos da los buenos días.

Soy de la ciudad de donde el viento acaricia a todos.

Esa bella ensenada fue donde caminé por primera vez tomada de tu mano. Fue en la ventana al mar, donde permanecimos callados, abrazados, solos, donde el silencio fueron nuestras palabras.

Dejame volver a sentirte así, muy cerca de mi, y vuelve a poner tu rostro moreno en mi.