miércoles, 26 de septiembre de 2007

RESPUESTA XVI

El alma se tranquiliza al ver como manto de luz, una gran parte de ti, ciudad.

Desde lo alto observo las mañanas llenas de niebla, y un poco más arriba, un cielo azul que espera a que esas partículas húmedas se replieguen al mar; y por las noches, una sábana que brilla cuando el sol sucumbe al ocaso… las luces de las casas y comercios aparecen como si la Vía Láctea hubiera decidido vivir entre nosotros, entre tus calles, en tu vientre, y me regalara ese camino lleno de luz artificial.

Si el desconsuelo aflige mi corazón, sólo me basta observarte desde la ventana, para que esos brillos llenen el espíritu, y de sólo recordar quienes ya compartieron esa vista tuya, la alegría vuelve de nuevo, el ánimo se hace presente.

jueves, 20 de septiembre de 2007

Entrega XVI

La ciudad se vistió de desierto, se ha vuelto llamarada; el sol anda orondo cantando por las calles, mientras todo arde, el pavimento se derrite. No hay sombra suficiente para guarecerse de él. El calor incendia la realidad, los golpes de sol, los golpes del alma, del olvido, los del corazón deambulan por calles, callejones sin salida. Hasta las sombras se han ido. Silbamos a Barbas de oro, pedimos que salga la luna, que la noche nos envuelva y que regrese el aliento; pido lluvia para refrescar mi piel.

De noche la ciudad es una fiesta, empiezan a salir sus habitantes, aprovechan la tregua del fuego, del sopor. Las terrazas se vuelven grandes lugares para platicar, para bailar con la luna menguante vigilante.

Mientras tanto, yo me refresco en el verde de tus ojos, a los que vuelvo cada vez más. Son mi oasis en este desierto transitorio.

lunes, 10 de septiembre de 2007

RESPUESTA XV

Dicen que Dios aprieta pero no ahorca. El problema es cuando aprieta y aprieta y aprieta, dejando pasar un ligero hilo de aire sobre la garganta, nos hace sacar las lágrimas y nos recuerda que existe. Y aún así no doy mi brazo a torcer y le digo, con esa voz dolorosa que apenas sale de mi cuello, no me vencerás.

Ciudad loca y caótica, aconséjame cuando voy sobre tus venas de asfalto, y dime qué le digo a ese dios que no deja de apretar, dame la calma para hablarle y explicarle que hace muchos años ya no me importa lo que piensa de mi, que lo único que ha hecho es meter zancadillas.

Ciudad a la que me aferro, dile a ese ente que tú eres mi salvación, que tú me llevas por los caminos que debo recorrer, a los lugares que hay en ti, y que me enseñas que tienes mucho que ofrecerme.

Dile que me llevas por aquellos caminos que esperan ser vestidos de concreto y grava; que me das un suave masaje en los hombros a la orilla del mar; y que me aconsejas a través de los cantos de los pájaros que se amontonan en los árboles del parque.

Sí, aprieta y friega, pero ahí sigo… ahí seguimos, porque tú, ciudad de todos y de nadie, siempre tiendes la mano a quienes llegan a tus entrañas para refugiarse.