Las calles de la ciudad son libros andantes que cuentan historias; la propia y la de otros que han dejado sus pasos entre ellas. A lo largo de sus banquetas, corren como ríos todas las voces, todos los cantos nuevos y los añejos, flotan leyendas en el aire, mitos y mitotes. Vagabundea la soledad y la felicidad por sus muros, y sobre sus paredes algunos prefieren imprimir su identidad.
Hasta Las Joyas, calle en donde vivo llega el murmullo del mar; a diario mi casa se llena del canto de los pájaros: palomas, golondrinas y cuervos bailan en los árboles, pinos, postes y rejas. A media noche suele pasar el tren que escucho cuando me lleno de insomnio y cuando la ciudad empieza a reinventarse para un nuevo amanecer.
Escribirte desde el otro lado de la ciudad es la única manera de no perder memoria y preservarte como tatuaje en mi piel.
Hasta Las Joyas, calle en donde vivo llega el murmullo del mar; a diario mi casa se llena del canto de los pájaros: palomas, golondrinas y cuervos bailan en los árboles, pinos, postes y rejas. A media noche suele pasar el tren que escucho cuando me lleno de insomnio y cuando la ciudad empieza a reinventarse para un nuevo amanecer.
Escribirte desde el otro lado de la ciudad es la única manera de no perder memoria y preservarte como tatuaje en mi piel.