Ni el ruido ni el aire, o el andar de las personas, o los perros que cruzan las calles trotando con la lengua de fuera; ni la sonrisa de un niño que camina entusiasta por las aceras, que su perspectiva de vida es tan simple como jugar, la soledad no se espanta con nada. Camina como sombra tras de uno.
El relajo de las calles; los carros que pasan velozmente; los gritos de los taxista que apuran a los que se toman su tiempo para avanzar; los que cuelgan con medio cuerpo del camión anunciando la ruta; ni con todo ese barullo, la soledad se suelta de uno.
Se queda pegada a los pies, sujeta al alma, y nos recuerda que ahí está, obstinada en recordarnos la fragilidad de la vida y la felicidad, que por momentos fugaces sentimos, y nos sigue hasta el centro de corazón dejándolo helado.
El relajo de las calles; los carros que pasan velozmente; los gritos de los taxista que apuran a los que se toman su tiempo para avanzar; los que cuelgan con medio cuerpo del camión anunciando la ruta; ni con todo ese barullo, la soledad se suelta de uno.
Se queda pegada a los pies, sujeta al alma, y nos recuerda que ahí está, obstinada en recordarnos la fragilidad de la vida y la felicidad, que por momentos fugaces sentimos, y nos sigue hasta el centro de corazón dejándolo helado.