jueves 3 de julio de 2008

RESPUESTA XXVI

Si la ciudad fuera circo, se anunciaría por las calles a don Jaime “el que toca la armónica y no tiene pies”; al hombre con media cara caída, y no por la vergüenza, sino por defecto; a la Chilis, a la Lilia y a la Violeta que sortean su vida paraditas en las esquinas, invitando al público a disfrutar de un buen “show”; a doña Mari, que no se raja ante la vida, y muestra las chácharas orientales; o tal vez, al hombre que canta las verdades del dios que, quién sabe dónde está; a los niños que hacen malabares, no en el centro de la pista, sino en cada esquina, mientras el rojo vergonzante de la miseria aparece ante los ojos de los conductores fastidiados; a Laurita, que todos los días persuade al espectador a donar “lo que guste” para el desayunador de los niños de la calle; a Yoli que tiene que sorteársela con el jefe para que no se la haga de “tos”, por llegar cinco minutos tarde…

Así la lista de actores y actrices, de trapecistas y domadores de animales, aparecen ante nuestra vista cotidiana. Pero las personas, no son las únicas que representarían el espectáculo cirsence…

¡Damas y caballeros!, sus ojos verán lo que ya saben, lo que ya conocen, lo que todos sabemos, pero ¡¡renovado!! el número que todos esperamos… los hombres que trabajan a medio día y en horas pico, bacheando calles, pintando rayas y pegando bolas, los del ayuntamiento, el mejor espectáculo para los ciudadanos de esta gran ciudad, para que todos vean y crean que se trabaja y se invierte nuestros impuestos en el mejoramiento de la urbe, aunque una buena parte se vaya a las cuentas bancarias… ante ustedes ¡el gobierno!, el mejor número de todos los días. Pasen ustedes, aunque no quieran, lo verán.

martes 10 de junio de 2008

Entrega XXVII

Mayo pasó como un ligero toque en la piel. La memoria de estos días está guardada en los periódicos, en la brisa espesa, en los calores repentinos y el invierno que se dibuja en pleno junio, rebelde, irreverente, que no quiere irse.

Pienso en mis deseos de verano, en los recuerdos de septiembre bajo el toronjo, en las tardes a la sombra de los pinos. Imagino el mar que ves desde tu ventana, construyo la arena y las rocas, dibujo las gaviotas y sus cantos y las olas envolviéndome.

Construyo en Las Joyas otros cantos, las tardes se reinventan y llegan como ojos que brillan, los amaneceres cargan con conversaciones largas, con risas y recorrer las calles cuando todos duermen.

El estrés habita las calles absortas de carros y pasos rapidísimos. La ciudad se está quedando sola, el éxodo del miedo la hace temblar cada noche y se resquebrajan las entrañas de su tierra, las marcas de la violencia han dejado estragos y no se borran como los trazos en la arena.

Buscar palabras donde todos creemos que hay silencios; atrapo las voces que vuelan en el viento y las acomodo en mi pelo como adornos: mariposas, caracoles, peces azules, nubes púrpuras, destellos de luna, atardeceres. Y aquí estoy, en este rincón de la ciudad, con ojos brillantes, esperando a que la vida me sorprenda.

miércoles 16 de abril de 2008

Respuesta XXVI

Los días no se definen. A veces el gris inunda la ciudad, amenazando que la lluvia nos hará presas en nuestras casas; otras, el sol brilla con intensidad y nos saluda con el tibio calor de la primavera.

Así han pasado las últimas horas y minutos, en que recorro tus entrañas, donde me encuentro con los rostros desmañanados con la aprisa de llegar al trabajo; con los indigentes tirados cubiertos de cobijas sucias, entre las aceras, las tiendas de ropa barata y los puestos de comida. Paso apurada, contando el tiempo en que tardo en llegar al lugar que me resguardará la mayor parte del día: el trabajo.

(Extraño las tardes en la casa, la contemplación de la ciudad desde mi ventana, las carcajadas de mi pequeño y las preguntas chuscas, que provienen de sus reflexiones infantiles. Sigo el camino que me ha trazado la vida, sin miedo, dispuesta a dar de mí y a recibir lo bello)

Disfruto con discreción las calles que me muestran las múltiples realidades, aunque no sean agradable a la vista: la pobreza material y espiritual de muchos; la exagerada abundancia de sólo algunos; la angustia pegada en los rostros y el placer de ver los aparadores.

Así los días, algo cambia… el río de sentimientos nunca es igual, así sean los días soleados o nublados.

lunes 10 de marzo de 2008

Entrega XXVI


Para Elías Ramírez, la Casa de los Sueños y su anhelada Av. De La Paz

En ti otra vez:
Calle que dolorosamente
como una herida te abres.
J. L. Borges

La ciudad nos hereda calles que a través de sus habitantes generan historias, ritmo de pasos por las aceras, mar de palabras construyendo la vida, huellas de nuestra infancia, cartografías. Una calle siempre es un recuerdo.

Las calles se construyen con las voces, con las manchas de humedad en las paredes, el polvo en las banquetas, el alboroto del vecindario, el chillar de las cazuelas a la hora de la comida y los olores viajando de ventana en ventana, los zaguanes silenciosos y los que regalan música, las campanas de la iglesia, los pasos de los niños, las esquinas coloridas, los callejones mudos, identidades diversas en los muros.

Buscamos incansablemente en la memoria de las calles nuestros pasos, recuerdos, amores, páginas volando, historias inconclusas, buscamos volvernos texto en las paredes de la ciudad.

Las calles son de quienes las habitan, por eso no queremos nombrarlas y que nos remitan a hombres corruptos, asesinos de cuello blanco; queremos calles con nombres simples, que hablen de nuestra vida, de la realidad que queremos, en ellas dejamos cachos de vida al caminar, ojos brillantes y sonrisas de sol. Quiero que seamos casa del sueño, en una calle anhelada llamada De La Paz.

domingo 9 de marzo de 2008

RESPUESTA XXV

Para Elías Ramírez

Camino por la calle de las flores y no olvido cortar alguna que dé color al día. Después doblo a la izquierda para irme derecho hasta donde terminen las estrellas, nombre de la vía que recorro. Topo hasta la luna y doblo por las nubes.

Qué diferente sería mi andar si las calles tuvieran nombres para soñar y vivir, saber que tendría que cruzar por la avenida de los cometas o llegar hasta utopía. ¿Cómo se escucharía si dijera que vivo en la calle de los ángeles y que deben tomar el bulevar universo para llegar a mi casa?

Las calles y avenidas tienen nombres de personas ilustres, de héroes nacionales que nos han dado un país libre y soberano (los gobiernos han olvidado las luchas de ellos y ellas, que hoy sólo los recordamos en los libros de historia, y prefieren acabar con la patria que tanta sangre nos ha costado), y tengo que caminar por bulevares con nombres de presidentes asesinos; de yankis, que tan mal nos han tratado; de personajes que sólo promovieron las ideas más conservadoras… esas son las calles que recorro.

Aún quedan las que llevan el nombre del Benemérito de las Américas, los Flores Magón, Francisco Villa o Emiliano Zapata. Afortunadamente vivo por las calles de profesionistas: literatos, filósofos, químicos y antropólogos, pero hay de aquellos que viven en calles llamadas Díaz Ordaz, Echeverría, como si se merecieran nuestros espacios, nuestros lugares donde vivimos. Y para no nombrarlos, prefiero decir ‘donde esta La Casa de los Sueños, por ahí’. Será más fácil llegar.

lunes 18 de febrero de 2008

Entrega XXV

Y después de muchos soles y lunas
y nubes por demás grises
así los días de muchos colores...
SCI
Hemos sido casa de la lluvia y del viento; el cielo escurre las penas y las deslava por arroyos que dan al mar. Pedazos de cielo roto. Nieve en las montañas. Sigo la ruta de las nubes.

Tiembla el desierto en donde nací, arena que se mueve, ahora es casa del temblor; la tierra bosteza y extiende su vientre agrietado y abierto, anunciando que está viva. Recuerdo las madrugadas de temor en las que salíamos de casa a ponernos a salvo, en mi mente de niña decía que los temblores eran porque una ballena estaba atorada en la península, que cada que se movía, el estruendo y su aleteo subían a la tierra. Crecí y entendí que vivimos en una zona sísmica, que antes, alrededor de 1600 éramos una isla que poco a poco buscaba quedar como pieza clave del rompecabezas, y se hizo península.

Sigue temblando en mi vida, ahora conozco otro tipo de temblores y de temores. Los amorosos, movimientos volcánicos en el vientre, 8.5 en la escala de Richter subiendo por mis piernas, temblor ante la presencia del hombre que carga el mar en sus ojos, el que recorre mi piel, temblor en los labios ante un inminente beso, el big one.

martes 5 de febrero de 2008

Respuesta XXIV





La ciudad después de las lluvias.
Caminar por las aceras resulta insoportable. El agua, como si tuviera memoria de elefante, regresa por los arroyos que siempre le han pertenecido, y busca estacionarse en los hoyos del pavimento, donde alguna vez la naturaleza recibía al líquido recién liberado por el cielo, pero los tercos humanos han querido borrar con el cemento y grava el camino.

Una vez más compruebo que los de a pie, no tienen derecho a caminar, todo se vuelve lodo y charco; todo se vuelve intransitable. Y mientras el sol, con sus pálidos rayos seca la tierra acumulada en las calles, el polvo se apodera del ambiente cuando es alborotado por las llantas de un auto.

Los rostros de las avenidas comienzan a mostrar su lado hostil, y les recuerda a los automovilistas, cada vez que caen en algún bache, que estos gobiernos no hacen bien su trabajo, porque los agujeros se multiplican casi igual al dinero que se embolsaron nuestros ilustres funcionarios.

Sí, lo acepto, detesto la ciudad después de las lluvias, detesto mojar mis únicos zapatos y llegar al trabajo llena de lodo. Pero ver los cerros verdes de contentos, me hacen dejar a un lado la molestia. Ver las pequeñas plantas que empiezan a poblar los espacios, cualquiera que sea, y decirnos que todavía hay vida, que la naturaleza no está del todo enojada con los injusto humanos.