Vivimos en una ciudad caleidoscópica, dijiste el otro día, y es verdad; tiene tantos colores, rostros, habitantes que llegan como tormentas inesperadas y que se van como el agua al mar.
Diariamente, la ciudad se llena de polvo, de casas donde no cabe la vida, entras y la esperanza queda afuera, los sueños se hacen pequeños, económicos.
Desde este lugar donde estoy, puedo ver que el fuego invade las calles, que los cerros guardan historias, el viento canta leyendas y se entretiene fabricando cantos nuevos, memorias de las que el mar ha sido testigo, aunque algunos sospechen que la historia gestada aquí es falsa.
A veces me siento extraviada en la ciudad con calles laberínticas que tienen doble número y nombre, estatuas de héroes silenciosos y vigilantes de los camellones, espectaculares que no dejan ver el sol y que nublan la vista con palabras innecesarias y absurdas.
Hoy la ciudad amaneció gris, y tú, lejos en el desierto.