He recorrido la ciudad incansablemente, viendo su rostro cansado de anochecer, cómo crecen a pasos agigantados las colinas y los cauces de agua, que llega gente huyendo de las inundaciones, los huracanes, la desesperanza. Y la ciudad se convierte en muchas iguales, en muchos pueblos, habitantes multicolores, villas de juguete, cerros devorados por máquinas. Ciudad que a veces es agua, polvo, cenizas, fuego; contaminación que crece, sombras asesinas que reptan a toda hora, policias ciegos, ciudad sin ley.
A lo largo de este año, he dejado mis pasos y mi sonrisa en otras ciudades, en calles sin nombre con zaguanes grandes y silenciosos que me han robado el aliento; las calles como libros, páginas enteras que llevan ocultos los sonidos de la noche, la mezcla de las campanadas de la iglesia, el ruido de los carros, el sonar de las sirenas. La agradable compañía de amigos, las terrazas con música; experiencias que han servido para fortalecerme, detalles para la vida, unos bellos y otros grises que me han templado el alma: La primavera tardía que me recibió con besos de sol calientitos, la visita a pueblos cercanos al mar, caminar descalza por la arena, dibujando caminos imaginarios, vuelos de gaviotas y tu compañía que siempre la llevo guardada en el corazón.
La angustia de haber tenido a mis padres desvanecidos y pálidos en mis brazos, y recorrer la ciudad en ambulancia hacia una frontera incierta y los carros que no entienden la desesperación y la congoja de ir de prisa y el dolor del otro lado del corazón porque estabas lejos. Sobresaltos, alma apachurrada.
A la espera del verano crucé el mar hacia un desierto de gigantes, a mi primera lectura de poesía y la mirada de ojos bonitos de ese viejo conocido de la sierra, y el tiempo que me dio como se le concede a los amigos, a los amores; agradecimiento nortense, y la emoción que aun siento quedan grabados en la piel del corazón.
Las tardes de septiembre conversando contigo bajo el toronjo en Las Joyas como una pareja vieja, de muchos años, de muchas vidas, arropados por un viento fresco, rico, y la risa y mis ojos brillantísimos porque estás. Los poemas que tomé prestados para vestirme, para habitar soledades añejas, nostalgias convertidas en escritura, algunas distancias grises.
El otoño trajo la luna llena a mi cuerpo, festejos infinitos, poesía en la piel del corazón. Despertar juntos. Volar otra vez a conocer otros rostros, otros acentos, otras risas. Imaginarte que caminabas a mi lado en pueblos de calles angostas o ciudades de edificios altísimos, fronteras blancas.
La ciudad sobrevivió a incendios, lluvias de cenizas, el asecho de bestias en callejones, calles descoloridas. Buscando medicina anticrueldad, antiviolencia. Ciudad que no puede fingir indiferencia ante los golpes, ante palabras soeces.
En el invierno espero transcurrir la vida como una canción, como un dibujo bien hecho, como una caminata por la playa en el atardecer. Armar la historia armónica, sin tropezones, sin burlas, sin contratiempos.
Tengo cicatrices en los ojos, en el alma, de paisajes, de eventos, pero la cicatriz más profunda es la que ha dejado nuestra historia de pasión en mi piel.