La ciudad se vistió de desierto, se ha vuelto llamarada; el sol anda orondo cantando por las calles, mientras todo arde, el pavimento se derrite. No hay sombra suficiente para guarecerse de él. El calor incendia la realidad, los golpes de sol, los golpes del alma, del olvido, los del corazón deambulan por calles, callejones sin salida. Hasta las sombras se han ido. Silbamos a Barbas de oro, pedimos que salga la luna, que la noche nos envuelva y que regrese el aliento; pido lluvia para refrescar mi piel.
De noche la ciudad es una fiesta, empiezan a salir sus habitantes, aprovechan la tregua del fuego, del sopor. Las terrazas se vuelven grandes lugares para platicar, para bailar con la luna menguante vigilante.
Mientras tanto, yo me refresco en el verde de tus ojos, a los que vuelvo cada vez más. Son mi oasis en este desierto transitorio.
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