viernes, 5 de octubre de 2007

Entrega XVII

Vuelvo a mi pedazo de tierra, al desierto que me vio nacer una madrugada de luna llena, a mi valle donde alguna vez hubo lagunas encantadas por el mar, y que ahora entre sus cicatrices sólo conserva sal.

Recorro a tu lado y con gran gusto el paisaje hacia mis orígenes: cuervos negreando el cielo, flores de toloache adornando el pavimento, nubes dibujadas y cerros morados que parecen dragones dormidos.

Me reciben majestuosas las rocas que cantan, que murmuran historias y que se cubren de un aire frío de otoño. Mis ojos sonríen. Llena de asombro descubro las maravillas de un cerro vigilante del tiempo y de las historias que el viento teje, una laguna a la que el Sol le dibuja agua cuando la toca, tolvaneras, dunas y árboles de humo.

A esta ciudad llegué una madrugada de octubre. Hilvano los recuerdos de la infancia: la calle donde vivía, mi casa rosa que era una fruta en cada estación; las fiestas del Sol; los interminables días en el parque; los veranos calurosos en las lagunas al lado de mi familia, mi traje de baño preferido; los inviernos crudos cuando íbamos a jugar en la nieve; las tortillas de harina; los raspados de ciruela y mi amigo de ojos azules; mi fiesta de cinco años, mi vestido y mis botas de charol. Imágenes nítidas en mis ojos.

Cada imagen es apenas una cicatriz, un punto en la configuración de la ciudad, huellas que el tiempo deja y que ahora la veo distinta: llena de puentes; se han secado las lagunas, ha crecido en tamaño y ha envejecido a pesar del maquillaje.

Regresé a mi ciudad para la fiesta de la luna, para reencontrarme entre sus calles, y entre los hilos del tiempo roto, con la ilusión de una noche de luna entre tus piernas, para encontrame con tus manos y tu piel de sol ardiente. Pasión en los ojos.