El aire frío pega en el rostro; los cinco grados centígrados no me detienen para recorrer entre las calles del centro. Mientras camino, observo la majestuosidad de los edificios, viejos testigos que me cuentan los casi 300 años de historia. Las fachadas barrocas me dicen que ahí habitaron los españoles, así como un país decidió tomar las riendas de su destino. Las profundidades de lo que antes fuera el correo postal, me susurran que ahí estuvo el Padre de la Patria encarcelado.
Puertas enormes me dejan penetrar al pasado, paredes anchas decoradas de murales que nos hacen la crónica de la historia; estatuas de personajes ilustres, como el Benemérito de las Américas o el Centauro del Norte, nos dicen que en esta ciudad dejaron huella.
Sin nada de preocupaciones, observo a las personas que corren de un lado a otro, llenan las tiendas y se arrebatan las prendas, mientras camino por la calle Libertad, ¡ah! palabra que he aprendido a vivir y no sólo a decirla; veo los faroles, como fieles guardianes erguidos, pues a la luz del día no son necesarios que nos iluminen el camino. Es inevitable escuchar de fondo canciones de los años ochentas, ahora con el ritmo duranguense, mientras la gente camina sin ningún cuidado con bolsas y bolsitas en las manos.
Los pocos cerros me ubican en la geografía citadina, el color rojo de la tierra y las rocas, llenan mis ojos de alegría. He vuelto al centro de mi vida, a la tierra donde mi madre nació y dejó hace muchos años; he vuelto a encontrarme con los lazos que nos mantienen unidos a nuestro pasado.
Puertas enormes me dejan penetrar al pasado, paredes anchas decoradas de murales que nos hacen la crónica de la historia; estatuas de personajes ilustres, como el Benemérito de las Américas o el Centauro del Norte, nos dicen que en esta ciudad dejaron huella.
Sin nada de preocupaciones, observo a las personas que corren de un lado a otro, llenan las tiendas y se arrebatan las prendas, mientras camino por la calle Libertad, ¡ah! palabra que he aprendido a vivir y no sólo a decirla; veo los faroles, como fieles guardianes erguidos, pues a la luz del día no son necesarios que nos iluminen el camino. Es inevitable escuchar de fondo canciones de los años ochentas, ahora con el ritmo duranguense, mientras la gente camina sin ningún cuidado con bolsas y bolsitas en las manos.
Los pocos cerros me ubican en la geografía citadina, el color rojo de la tierra y las rocas, llenan mis ojos de alegría. He vuelto al centro de mi vida, a la tierra donde mi madre nació y dejó hace muchos años; he vuelto a encontrarme con los lazos que nos mantienen unidos a nuestro pasado.