
La ciudad después de las lluvias.
Caminar por las aceras resulta insoportable. El agua, como si tuviera memoria de elefante, regresa por los arroyos que siempre le han pertenecido, y busca estacionarse en los hoyos del pavimento, donde alguna vez la naturaleza recibía al líquido recién liberado por el cielo, pero los tercos humanos han querido borrar con el cemento y grava el camino.
Una vez más compruebo que los de a pie, no tienen derecho a caminar, todo se vuelve lodo y charco; todo se vuelve intransitable. Y mientras el sol, con sus pálidos rayos seca la tierra acumulada en las calles, el polvo se apodera del ambiente cuando es alborotado por las llantas de un auto.
Los rostros de las avenidas comienzan a mostrar su lado hostil, y les recuerda a los automovilistas, cada vez que caen en algún bache, que estos gobiernos no hacen bien su trabajo, porque los agujeros se multiplican casi igual al dinero que se embolsaron nuestros ilustres funcionarios.
Sí, lo acepto, detesto la ciudad después de las lluvias, detesto mojar mis únicos zapatos y llegar al trabajo llena de lodo. Pero ver los cerros verdes de contentos, me hacen dejar a un lado la molestia. Ver las pequeñas plantas que empiezan a poblar los espacios, cualquiera que sea, y decirnos que todavía hay vida, que la naturaleza no está del todo enojada con los injusto humanos.
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