Quiero reinventar la ciudad, volver a traer a la mente esos paisajes que nos han robado el aliento, que nos han maravillado; ir acomodando las piezas del rompecabezas; dejar a un lado los fantasmas, encerrar en sótanos a los demonios que siguen sueltos y al dolor que flota en el viento. Hay que escapar de los monstruos pantaneros y buscar las aguas claras, cualquiera, la de río, la del mar, el arroyo, el agua de lluvia.
Busco razones para seguir escribiendo, para vivir tranquila, con la sonrisa en el rostro al amanecer; caminar por las calles y vestirlas con poemas, olores a gardenia, rosa y jazmín. Encontrar jardines que cantan y guardan historias, como el que hicieron los abuelos en Las Joyas: Cuando nació su primera nieta, decidieron plantar un árbol de membrillos en su honor para que creciera junto con ella. Este fue el principio de un gran jardín de árboles frutales. Así siguieron sus demás nietos; árboles de ciruelas, naranjas, guayabas, limones, toronjas chinas, duraznos, mangos, pintan el patio de colores. Esta idea fue quizás para tenerlos siempre presentes en su casa, en su jardín donde sopla Barbas de Oro un aire rico, fresco.
Tardes de invierno que alargan los brazos, nostálgicas y melancólicas, cobijadas de frío y nubes grisazulado que cargan la lluvia. Calles que esperan a los caminantes para que pinten sus pasos y dejen las piedras de sus zapatos. Noches de luna llena que nos arropan cuando el deseo aúlla y el corazón palpita desenfrenado.
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