martes, 22 de enero de 2008

RESPUESTA XXIII

Los silbidos de las balas se apoderan del aire, la angustia de no saber exactamente por qué nos toca a nosotros, se siembra en el corazón. Caras de pequeñitos que no se explican qué es lo que sucede, por qué irrumpen hombres desconocidos y cubiertos del rostro a sus espacios infantiles, quedan grabadas en la memoria de papel.

“El tocadero” esta de nueva cuenta en esta ciudad, porque nos puede tocar en cualquier momento, en cualquier lugar, sin deberla ni temerla, por el simple hecho de transitar por algún lugar común y por razones cotidianas.

El hierro vuela y alcanza a cualquiera. Los juegos de policías y ladrones dejaron de serlo, son una cruda realidad que supera a las fantasías infantiles, mientras que en este mismo escenario, la línea entre estos dos bandos está dibujada tenuemente, ya no se sabe quiénes son los “buenos” o quiénes son los “malos”. El hierro vuela dejando el espanto en los ojos de quienes viven aquí.

Ya no quiero escuchar calamidades que arropan el alma de dolor; ya no quiero saber que esta ciudad es una trinchera del maleante. Quiero caminar de nuevo, sin el miedo, sin los convoyes que circulan por las calles, tratando de ofrecer una seguridad que ya se esfumó. Quiero, de nuevo, recorrerla tranquilamente de noche y de día, sin silbidos que lleven la muerte.

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