martes, 10 de junio de 2008

Entrega XXVII

Mayo pasó como un ligero toque en la piel. La memoria de estos días está guardada en los periódicos, en la brisa espesa, en los calores repentinos y el invierno que se dibuja en pleno junio, rebelde, irreverente, que no quiere irse.

Pienso en mis deseos de verano, en los recuerdos de septiembre bajo el toronjo, en las tardes a la sombra de los pinos. Imagino el mar que ves desde tu ventana, construyo la arena y las rocas, dibujo las gaviotas y sus cantos y las olas envolviéndome.

Construyo en Las Joyas otros cantos, las tardes se reinventan y llegan como ojos que brillan, los amaneceres cargan con conversaciones largas, con risas y recorrer las calles cuando todos duermen.

El estrés habita las calles absortas de carros y pasos rapidísimos. La ciudad se está quedando sola, el éxodo del miedo la hace temblar cada noche y se resquebrajan las entrañas de su tierra, las marcas de la violencia han dejado estragos y no se borran como los trazos en la arena.

Buscar palabras donde todos creemos que hay silencios; atrapo las voces que vuelan en el viento y las acomodo en mi pelo como adornos: mariposas, caracoles, peces azules, nubes púrpuras, destellos de luna, atardeceres. Y aquí estoy, en este rincón de la ciudad, con ojos brillantes, esperando a que la vida me sorprenda.

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