Mayo pasó como un ligero toque en la piel. La memoria de estos días está guardada en los periódicos, en la brisa espesa, en los calores repentinos y el invierno que se dibuja en pleno junio, rebelde, irreverente, que no quiere irse.
Pienso en mis deseos de verano, en los recuerdos de septiembre bajo el toronjo, en las tardes a la sombra de los pinos. Imagino el mar que ves desde tu ventana, construyo la arena y las rocas, dibujo las gaviotas y sus cantos y las olas envolviéndome.
Construyo en Las Joyas otros cantos, las tardes se reinventan y llegan como ojos que brillan, los amaneceres cargan con conversaciones largas, con risas y recorrer las calles cuando todos duermen.
El estrés habita las calles absortas de carros y pasos rapidísimos. La ciudad se está quedando sola, el éxodo del miedo la hace temblar cada noche y se resquebrajan las entrañas de su tierra, las marcas de la violencia han dejado estragos y no se borran como los trazos en la arena.
Buscar palabras donde todos creemos que hay silencios; atrapo las voces que vuelan en el viento y las acomodo en mi pelo como adornos: mariposas, caracoles, peces azules, nubes púrpuras, destellos de luna, atardeceres. Y aquí estoy, en este rincón de la ciudad, con ojos brillantes, esperando a que la vida me sorprenda.
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