Los días no se definen. A veces el gris inunda la ciudad, amenazando que la lluvia nos hará presas en nuestras casas; otras, el sol brilla con intensidad y nos saluda con el tibio calor de la primavera.
Así han pasado las últimas horas y minutos, en que recorro tus entrañas, donde me encuentro con los rostros desmañanados con la aprisa de llegar al trabajo; con los indigentes tirados cubiertos de cobijas sucias, entre las aceras, las tiendas de ropa barata y los puestos de comida. Paso apurada, contando el tiempo en que tardo en llegar al lugar que me resguardará la mayor parte del día: el trabajo.
(Extraño las tardes en la casa, la contemplación de la ciudad desde mi ventana, las carcajadas de mi pequeño y las preguntas chuscas, que provienen de sus reflexiones infantiles. Sigo el camino que me ha trazado la vida, sin miedo, dispuesta a dar de mí y a recibir lo bello)
Disfruto con discreción las calles que me muestran las múltiples realidades, aunque no sean agradable a la vista: la pobreza material y espiritual de muchos; la exagerada abundancia de sólo algunos; la angustia pegada en los rostros y el placer de ver los aparadores.
Así los días, algo cambia… el río de sentimientos nunca es igual, así sean los días soleados o nublados.
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