Cae la tarde y el cielo gris y el mar lejano me esperan. Luna Creciente. Pensé que sólo mi ciudad estaba melancólica, al otro lado otro país griseando.
Llovía a cántaros el desamor, la desesperanza, el miedo, la distancia, fue necesario volar para dejar todo atrás, dejar noviembre y perderme entre nubes.
Quiero contarte esas ciudades que caminé, que respiré, que viví. La primera que me recibió tiene grandes y coloridas calles, un tren a medio cielo y edificios majestuosos de caprichosas formas. Cerros que te saludan desde lejos con un sombrero de bruma. Ciudad interminable con grutas y cascadas, edificios históricos, grandes plazas, paseos “venecianos” acompañados de música y la luna despidiéndose.
Cada piedra, cada edificio, cada cerro, las propias calles tienen un rumor distinto, el viento canta diferente y los paisajes son cambiantes como cada estación del tren. Fábricas que son el sustento, la manera de vivir, puentes que entrelazan historias de mañana y de tarde.
La otra ciudad por la que anduve es de calles angostas, con las fachadas de las casas al raz de las banquetas, como en los pueblos, tiene como límite entre otro país un río verde, profundo y traicionero. Piedras negras son las entrañas de la tierra. Ciudad que un día le llegó un viento arrebatado y se llevó toda una villa, sus casas, la iglesia.
El olor en las calles es de tortillas de harina recién hechecitas, recuerdo de mi infancia. De gente amable y cálida, sonrisas todo el día.
Quería encontrarte en la memoria de esas calles, disipar la bruma, buscando una receta para la buena realidad, mientras caminaba y pensaba en el regreso. Respiré tranquilidad y fui acumulando palabras para un libro nuevo, recuperando la voz, ensayando realidades nuevas, perfectamente delineadas e iluminadas. Las tormentas ya son recuerdos vagos, perdidos.
Quisiera encontrarte a la vuelta de la esquina, por esa frontera que alguna vez cruzaste hace muchos años; tenerte en el límite de mi piel, en este cuerpo mío que no te pide pasaportes, ni micas, ni credenciales.
1 comentario:
Me encantó el párrafo final! Si las fronteras geo-políticas-económicas-sociales-religiosas ya son una problemática cotidiana en Tij-SD, Chiapas-Guatemala, España-Francia o Israel-Palestina, creo que las únicas fronteras que no nos podemos permitir seguir construyendo son las del cuerpo y las de la mente. No. Efectivamente, en las fronteras de la piel, del cuerpo, de las emociones, uno no necesita visa, ni hablar el mismo idioma. No cerremos esas fronteras. Libre paso a los sentimientos. Migración constante de reflexiones, de sueños...
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